14 de enero 2004 - 00:00

París continúa siendo fiesta

«París no se acaba nunca» de Enrique Vila-Matas. (Anagrama, Bs. As., 2003. 233 págs.)

N ovela y ensayo se unen en esta chispeante autobiografía de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) en la que el autor evoca sus dos años de juventud en París, donde se inició como escritor. Narradas en clave ficcional, sus aventuras forman parte de una supuesta conferencia de tres días, repleta de pintorescas anécdotas relacionadas con el mundillo artísticoliterario del París de los años 70.

En ese entonces, Vila-Matas vivía obsesionado por llevar una vida de escritor como la que Hemingway relata en «París era una fiesta». Es así que el título de su novela corresponde a uno de los capítulos del famoso libro. Casi sin quererlo termina parodiando a su héroe y a ese París de entreguerras al que se dirigía todo aquel que pretendiera ser un artista.

El lugar de Gertrude Stein, guía y consejera de los principales escritores y artistas plásticos de la época, ha sido reemplazado por la figura no menos imponente de la escritora francesa Marguerite Duras. Tal como afirma Vila- Matas, fue ella quien le alquiló una buhardilla cercana al Café de Flore y quien le transmitió el inquietante consejo de Raymond Queneau: «escriba y no haga nada más».

•Viñetas

En medio de recuerdos verdaderos, citas apócrifas y un permanente ejercicio de la ironía, el escritor va hilvanando un collage de coloridas escenas que giran en torno a otra de sus obsesiones de siempre: la literatura y su relación con la realidad.

Lejos «del patriarcal y autoritario mundo familiar y político que había dejado atrás en Barcelona», el joven aspirante a escritor va dando forma a su primera novela
«La asesina ilustrada» (que escribió en esos años). Hoy Vila-Matas puede reírse de sus años de bohemia y de sus pretensiones de joven literato, pero quizás para salirse un poco del mote de «escritor para escritores» con que fue coronado en los últimos años, ha decidido abandonar, en este nuevo libro, las sinuosidades literarias de «El mal de Montano», su excelente novela anterior, para internarse en un contexto quizás un poco más frívolo, o al menos dotado de rostros más conocidos.

Por sus páginas transitan desde
Isabelle Adjani a Borges, pasando por Paloma Picasso, Edgardo Cozarinsky, Copi y otras tantas figuras del ambiente parisiense. Claro que ninguna de ellas tiene el peso literario y la fascinación de su irascible casera Marguerite Duras.

Patricia Espinosa

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