Pablo Echarri y Mariano Martínez reparten muchos tiros y patadas en un «policial» sin demasiada sustancia, pero mucho despliegue.
Tiene bastante despliegue, este policial para público adolescente, sobre un joven enfrentado a los narcos que han invadido la empresa familiar. Hay muchos tiros y patadas, dos persecuciones, kilos de droga, hormigas carnívoras amenazando la virilidad de un fulano, varias explosiones con autos volando por el aire, y hasta camionazos que caen al agua desde lo alto de un puente.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Cabe contabilizar también unos lindos paisajes al comienzo, un trauma familiar, un auto convertible, discretos guiños a otras películas, chivos nada discretos, tan abundantes como si estuviéramos en las sierras, y la fugaz visión de tres pechos al aire: dos de una extra, y uno de perfil izquierdo, bien perfilado, de la brasileña Carol Castro.
Las espectadoras anotarán, sobre todo, un desnudo de Pablo Echarri, atado y amenazado por una contadora fatal, un show de Mariano Martínez meneándose en un local de stripers, y mucho gesto canchero de los protagonistas a lo largo de toda la cinta. También, mucho gesto neurótico, algunas frases ininteligibles, una pelea imposible, y un libreto irredimible. Lástima, porque con un poco más de dedicación quizá se hubieran salvado mejor algunos baches, varios lugares comunes de la historia, y hasta la propia puesta en escena. Una vez que hay plata para romper camiones...
Del resto, nada se rompe salvo la paciencia. Los chicos duermen vestidos con la chica, Victoria Onetto hace de vampira mala pero está siempre cubierta, Carlos Belloso hace de muy malo (y muy bien), y la mejor frase corresponde a dos tipos que se presentan como «la versión light» de la policía corrupta.
Dejá tu comentario