Perdida en Versalles con bombones y rock

Espectáculos

«María Antonieta» («Marie Antoinette», EE. UU. - Francia , 2006; habl. en inglés). Dir.: S. Coppola. Int.: K. Dunst, R. Torn, A. Clement, A. Argento, J. Davis y otros.

Después de «Perdidos en Tokio», cuentan que la joven Sofia Coppola perdió la cabeza cuando leyó el libro de Antonia Fraser sobre María Antonieta. Figura histórica cautivante, generadora de tantas leyendas tristes y románticas, la desdichada reina fue interpretada en el cine y la televisión por al menos un centenar de actrices (las más notables, Norma Shearer en la versión de Hollywood, y Michèle Morgan en Francia).

La película de Coppola, en cuya producción colaboró generosamente su padre Francis, es una provocativa mirada sobre el corrupto mundo del Versalles prerrevolucionario, aunque, desgraciadamente, no en el mejor de los sentidos. Si Versalles nos fuera contado, seguramente no sería éste. Cuando se la ve a Kirsten Dunst, ya desde la escena inicial, rodeada de lujuriosos bombones rosados, en pomposas tinas, entre velos, tocados, pelucas, joyas y afeites diversos, con una estridente banda de sonido donde resuenan Bow Wow Wow y The Cure, los augurios de lo que vendrá a continuación pueden ser escalofriantes. Y, si bien la película no llega nunca a caer en el mamarracho absoluto (tal vez, por falta de coraje), la duda queda flotando: ¿por qué tanta provocación en lugar de hacer una buena película? ¿No pudo el productor ejecutivo ponerle un poco más de límites a su hija caprichosa?

Esta es la típica película « generación X»: suntuosa pompa de jabón con destino de olvido, comedia que mezcla a Molière con «Friends», drama paródico,«period piece» con música de rock y barroca al mismo tiempo, sátira política contra la corte versallesesca, radiografía clínica sobre el desinterés sexual del relojero Luis XVI... Es todo eso y nada a la vez, porque el envión inicial, el intento de elevar a la reina a la categoría de «María Antonieta Superstar» termina, curiosamente, perdiéndose bajo la forma del típico film histórico, alejado del diseño prometido y más seguro bajo un estilo más convencional, aunque sin las virtudes de éste.

La película carece, por ejemplo, de un auténtico conflicto; ni siquiera Madame Du Barry, amante de Luis XV y potencial enemiga de la advenediza futura reina, llega a convertirse en tal. Y el hambreado pueblo, al que la golosa Antonieta mandaba a que comiera tortas si no tenía pan (nótese el «simbolismo» de los bombones que salen en el decorado) se transforma en el peor villano: es más, ni siquiera Coppola cumple con el módico y respetable morbo de cualquier espectador, ya que quien quiera ver la guillotina que pierda las esperanzas. El fin de la reina está simbolizado por un par de tomas del palacio destruido, como si la producción se hubiera quedado sin presupuesto.

Así, envueltos todos los personajes en un vistosísimo vestuario (único rubro por el que el film competirá por el Oscar), la prolongada historia parte de 1770, cuando la adolescente austríaca de 14 años se convierte, por fuerza del pacto político entre Viena y París, en la futura esposa del frígido Luis; más tarde, una revisión de la red de amistades y enconos en los salones, y finalmente la exposición del temor real por la demora en la gestación de un heredero. Lógica demora, naturalmente.

Kirsten Dunst, en el protagónico, derrocha mucha simpatía (aunque no tanta como los dólares de Coppola); actores de relieve como Aurore Clement, Judy Davis o Rip Torn (como Luis XV) son casi un desperdicio. Lo mejor: Asia Argento interpretando a la Du Barry, toda una arrabalera con peluca.

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