29 de julio 2004 - 00:00

Perrin: "La naturaleza no es moral"

Jacques Perrin entre las aves: «La depredación es un acto normal en la naturaleza; no así la crueldad o la tortura, que son sólo propias del hombre».
Jacques Perrin entre las aves: «La depredación es un acto normal en la naturaleza; no así la crueldad o la tortura, que son sólo propias del hombre».
"Tocando el cielo" («Le peuple migrateur») es la nueva incursión cinematográfica del francés Jacques Perrin en la naturaleza, después de su recordada «Microcosmos». Como antes los insectos, ahora son las aves migratorias el objeto de sus pacientes cámaras, que muchas veces debieron ser ultralivianas para acompañar su vuelo. Presentada hace unas semanas por este diario en función exclusiva para sus lectores, «Tocando el cielo», que se estrena hoy en el país, continúa consolidando el nombre de Perrin (también recordado actor de «Z», «Cinema paradiso», «Dos hermanos, dos destinos» y otros tantos films) en este difícil género, en el que además de la obra antes citada debe apuntarse su película sobre el Himalaya. Dialogamos con él:

Periodista
: De acuerdo con los títulos, tres directores participaron en su film: además de usted mismo, dos asistentes de su película anterior «Himalaya ou l'enfance d'un chef». ¿Cómo distribuyeron el trabajo?

Jacques Perrin: Era necesario hacerlo así porque filmamos durante cuatro años en el mundo entero. Además de mí, estuvieron Michel Debats y Jacques Cluzaud, que fue, entre otros trabajos, asistente de Régis Warnier en «Indochina». El reparto del trabajo se hizo a medida que surgían las urgencias y los deseos de cada uno.


P.:
¿Qué criterio siguieron en la elección de los pájaros?

J.P.: Privilegiamos tres aspectos: la belleza estética, el comportamiento y el trayecto migratorio. El objetivo era ofrecerle a los espectadores la mayor diversidad posible, en una hora y media, lo que no fue nada sencillo. Hay alrededor de 10.000 especies de pájaros en el mundo, y naturalmente no podíamos filmarlas a todas. La elección, en consecuencia, fue muy difícil, y nos llevó un año antes de empezar a rodar las primeras imágenes.


P.:
¿Qué asesoramiento tuvieron?

J.P.: El más importante fue el del profesor Jean Dorst, ex presidente del Museo Nacional de Historia Natural y ornitólogo de renombre.


P.:
¿Cuál fue el obstáculo mayor?

J.P. : El peso. En « Microcosmos», tuvimos que hacernos muy chiquitos para inmiscuirnos entre las hojas de hierba y filmar a los insectos. Ahora el desafío era volvernos lo más volátiles que se pudiera para acompañar a los pájaros en el cielo, entre las nubes. No es nada fácil si se considera que los equipos de rodaje son pesados, que hay que tener en cuenta el peso corporal del cameraman, del piloto y de la cámara. Todo ese peso debía volar, ser veloz y mantenerse en el aire. Además, hay muchas especies que vuelan muy lentamente, como las grullas, los pelícanos y las cigüeñas. Fue un terrible dolor de cabeza.

P.: Quiero hablarle de un tópico moral. Ciertas escenas, como las del pato entre los desechos químicos, o la del pájaro amenazado por cangrejos gigantes, o la de los pingüinos frente a sus depredadores, hacen pensar en la responsabilidad del cameraman. En esos casos, ¿no debe intervenir, o es ético que continúe filmando impasiblemente?

J.P.: La naturaleza no es moral. Si el petrel gigante (una especie de gaviota nórdica) no pudiera engullir, cada tanto, pichones de pájaros bobos, moriría de hambre y junto a él sus crías. ¿Debe intervenir el cameraman en ese caso? ¿Por qué privilegiar al pájaro bobo sobre el petrel? Si hubiéramos filmado una escena con el petrel gigante volando sin esfuerzos en medio de una tormenta, todo el mundo la habría encontrado muy hermosa y poética. La depredación es un acto normal en la naturaleza; no así la crueldad, la tortura. La naturaleza se muestra muy económica en ese aspecto, contrariamente a los humanos. La escena del pato atrapado en el petróleo es una escena de cine, una escena de ficción totalmente artificial. No utilizamos petróleo sino colorante alimentario, por lo cual la dificultad principal era que los patos no se comieran el decorado. En el único caso donde yo justifico la intervención del cameraman es cuando hay un animal víctima de la crueldad o la idiotez del hombre, es decir, víctima de algo que no es natural. Si hubiéramos sido efectivamente testigos de una marea negra, jamás habríamos filmado a los pájaros englutidos por el petróleo, nos hubiéramos dedicado a salvarlos. Ocurre lo mismo en la escena del fumarel perseguido por los cangrejos. Descubrimos la escena de casualidad en una playa de Senegal. Desgraciadamente, comprendimos muy tarde que ese fumarel estaba allí no porque fuera su hábitat, sino porque lo habían corrido a pedradas los chicos de una aldea cercana. Entonces se lo quitamos a los cangrejos, pero fue tarde.


P.:
¿Qué diferencias fundamentales (técnicas, narrativas, didácticas y, sobre todo, filosóficas) hay entre sus documentales y los de Discovery Channel, Animal Planet o National Geographic?

J.P.: La diférencia no está ligada a la técnica sino al tiempo que se le dedica al rodaje: 4 años, le recuerdo, para «Tocando el cielo», 5 años para «Microcosmos». Tal vez esto sea algo que no se tiene demasiado en cuenta, pero hacer las cosas con este tiempo es un lujo extremo. También la mirada, por supuesto, ya que nuestra película está alejada de cualquier idea pedagógica. No queremos que el espectador aprenda sino que sienta, que ame lo que ve. Creo que la pedagogía viene después, en una segunda etapa, luego de que el público ha sido sensibilizado. La nuestra es una mirada de amor sobre el mundo.


P.:
Algunas escenificaciones, como la del loro que se escapa de su jaula en el Amazonas, evocan el estilo de los viejos documentales de Disney, tan criticados en su época. ¿Habrá llegado el tiempo de reivindicarlos?

J.P.: Esa escena fue un homenaje a la vitalidad y la picardía del loro, pero también una ilustración de los peligros que amenazan a estas especies, ya que el primer depredador es el hombre.


P.:
¿Cómo son los santuarios de pájaros en las islas Malvinas?

J.P.: Las Malvinas son el paraíso de los ornitólogos. Hay millares de pájaros, es fantástico. Pero también allí los especialistas advierten el efecto negativo de la conducta del hombre sobre las especies. La mayor parte de esas aves consumen pescado, pero ese alimento escasea por la intensa actividad de pesca de los malvinenes. Podría decirse que esas aves mueren porque les quitan la comida del pico.


P.:
¿Con qué va a seguir ahora?

J.P.: Con lo que me falta. El océano.


Entrevista de Paraná Sendrós

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