18 de octubre 2002 - 00:00
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Anthony Kiedis, solista de los Peppers
Como no había más que una veintena de patovicas, el tiempo corría y no se veía la posibilidad de ingreso, se fundieron dos de las principales filas. Así, más de tres cuadras quedaron unificadas en una procesión que de ancho tenía entre 20 y 30 personas. Eran las 21.30 y los Red Hot iban a empezar.
La gente gritaba. El vallado se fue cayendo por etapas. Muchos se colaban. Los que estaban del lado de la calle presionaban a los que se encontraban del lado de las rejas paralelas al campo de River. Entre los empujones, se desmayaron varias personas y se pudieron ver al menos 5 ambulancias de SAME.
Hubo trompadas a hombres y mujeres, gente seriamente lastimada porque caía en medio de alguna avalancha -eran sucesivas e iban de atrás hacia adelante-, y muchos que desistieron de ver el ansiado recital. Prueba de esto es que la reventa de entradas, que empezó en la puerta del estadio a cotizar $50 (costaba $25 para campo), bajó a $ 10 y $5. Los que soportaron, llegaron más que cansados, cuando Anthony Kiedis (el cantante) ya llevaba varios minutos de interpretación. Fueron contados los que vieron a los soportes.
A las 22, cuando se apagaron las luces y entraron los Red Hot, era incontable el público que se había quedado afuera. A esa hora, en la entrada no había más que unos muchachos que ni siquiera palpaban a los ingresantes o controlaban que las entradas fueran originales. Tampoco cortaron tickets. Se vio gente con cinturones de picos de metal, botellas de vidrio, droga, cuchillos y otros elementos cortantes.
No obstante, adentro, el clima fue más calmo de lo que pudo haber sido. La violencia, los golpes, fueron todos en la entrada. Había mucho público sentado en el campo. Los que estaban debajo del escenario inspiraron al talentoso bajista Flea a llamar la atención y pedir en un simpático castellano «la paz es importante», «cuiden hermanos, hermanas».
•Sonido
El sonido fue despreciable. En un estadio, es esperable que la acústica se cuide para que el sonido no se pierda. El volumen era bajo, soplaba cada tanto algún viento primaveral y en el medio del campo subían y bajaban los decibeles. El escenario se armó demasiado bajo. No se veía ni la impactante pantalla luminosa que describió el público de la platea. La duración del recital también fue despreciativa (apenas 1 hora y media), y demostró la poca cordialidad del grupo con sus fans.
A la salida, un grupo de personas quedó atrapada en las escaleras de salida de la platea. Los del campo, volvieron a sufrir empujones esta vez, menos violentos. Los Red Hot tenían que aterrizar en Ezeiza el martes después de las 22. No pudieron hacerlo por un problema con la pista sino en Mar Del Plata, y estuvieron dando vueltas en Buenos Aires desde entonces hasta el concierto. Ese malestar se sintió. Muchos se preguntaban por qué no convenía monetariamente un recital en la Argentina si Brasil había devaluado mucho antes y no por eso dejaban de ir.
El precio del recital fue fijado por los Peppers. No fue caridad, teniendo en cuenta el mal sonido, la poca organización, la cantidad de gente y el riesgo que asumió el público y la misma banda por la falta de seguridad.




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