15 de noviembre 2000 - 00:00
Poético film sobre una anécdota simple
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La anécdota es decididamente simple. Un joven sordomudo, muy introvertido, de frente noble aunque al parecer de pocas luces, pero muy empeñoso, repara una tabla que alguien dejó para el basurero, y de ese modo se larga a aprender por sí mismo los secretos del surf, al menos hasta donde puede. Desde la playa lo acompaña su enamorada, una chica también con problemas, bastante tímida y algo feíta, pero de una mirada tremendamente dulce. Una especie de Gelsomina que en vez de servir al bruto Zampanó, tiene acaso la suerte de seguir a un inocente.
Poco más sucede en este sencillo relato sentimental, lleno de amor, y sin un solo beso. Unos muchachos se divierten moderadamente a costa del terco soñador, un compañero de trabajo intenta orientarlo y encubrirlo, un vendedor de artículos deportivos se muestra ocasionalmente piadoso, pero no demasiado, y también hay una competencia provinciana, en una playa fría y pedregosa, y un desenlace inesperado. Eso es todo, o casi todo.
Quizás otro director hubiera agregado más personajes, más situaciones, más música y más cámaras, incluyendo lógicamente una que acompañe de cerca al protagonista en sus andanzas por entre las olas. Es un recurso válido, y probablemente los resultados serían ponderables.
Pero Takeshi Kitano, el autor, eligió el camino contrario, el del mayor despojamiento posible. En sus manos, la historia está contada con lo mínimo (incluso, se nota, con el mínimo presupuesto). Por algo esos dos chicos son así como son. La película será, pues, coherente con ellos.
Uno descubre entonces que el paisaje marino tiene tanto peso como el baldío cercano, o como la pared del monoblock donde la cámara se detiene. Que los avances del improvisado surfista sólo se advierten en los rostros y los breves comentarios de los otros muchachos, un recurso que puede parecer chanta, depende cómo se use. Pero que, cuando apenas han pasado veinte minutos -el lapso hasta que se rompe la primera tabla-, ya la ínfima anécdota se ha convertido en un pequeño e inefable poema de penetrante emoción, ternura y simpatía, de un tono que conquista al público prácticamente apenas empieza la película, y se prolonga, melancólico, dulce, y pudorosamente triste hasta el final. No cualquiera lo logra.




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