20 de julio 2001 - 00:00
"Popular y clásico son la misma cosa"
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La intimidad como territorio de descubrimiento
Egberto Gismonti
«Vamos a hacer toda música mía, aunque podría llegar a hacer también algo de Villalobos o de Piazzolla. Vamos a tocar algunas músicas para piano y orquesta, «Infancia», «Sueños de muerte», «Forrobodó» y una canción muy nostálgica que se llama «A pala de paixao». Y, además, voy a tocar algunas músicas solo, para guitarra y para piano», dice.
Periodista: En relación con esa cuestión rítmica que usted mencionaba al principio, ¿está allí la diferencia entre lo popular y lo clásico?
Egberto Gismonti: No creo que haya diferencia entre una y otra música. La única está en el punto de vista. En mí conviven todas las músicas al mismo tiempo. Y si no, pensemos en lo que pasaba en los siglos XVII o XVIII; en aquella época, esa diferencia no existía. En todo caso, lo que hay ahora es una música registrada fonográficamente, de difusión masiva, que comercialmente llamamos popular y otra que sigue manejándose fundamentalmente por la partitura. Cuando fui a estudiar con Nadia Boulanger, a principios de los '70, ella me hizo escuchar algo y me preguntó qué me evocaba esa música. Yo le dije que me parecía el estadio Maracaná lleno con la hinchada gritando. Resultó que era una obra de Penderecki en homenaje a los muertos de Hiroshima.
P.: No hay límites de interpretación.
E.G.: Exacto. Si no hay otras referencias, cada uno puede sentir lo que quiera con cada música. Otra vez, en mi primer viaje a la India, un músico, con el que después he tocado, me llevó a un concierto. Después de un rato, me preguntó qué me parecía, y yo le contesté que era una música muy linda. «Qué suerte», me dijo, «porque todavía están afinando». Tanto brasileños como argentinos tenemos músicos que han atravesado esa frontera y la han hecho desaparecer. Heitor Villalobos y Astor Piazzolla llegaron a la calidad a través de la cantidad, un concepto muy despreciado en la música clásica, donde siempre se privilegia la calidad por sobre la cantidad. Por eso, esa división entre popular y clásico se hace muy borrosa; sobre todo en América latina, donde los lenguajes folklóricos están tan presentes en todo.
• Reflejo
E.G.: Por supuesto que influye mucho en la música todo lo que nos sucede. A mí no me gusta hablar de partituras, de notas, de acordes. Creo que la mejor manera de hablar de música es refiriéndose a lo que nos pasa, en lo personal, en lo social, en lo cultural. A mí me importa más lo que me transmite una música que lo que está escrito.
P.: ¿Por qué, habiendo nacido en el estado de Rio de Janeiro, su música no circula por los caminos más estereotipados -la samba, la bossa nova-de la música de su país?
E.G.: Simplemente, me siento más cómodo trabajando sobre otros lenguajes folklóricos, menos conocidos afuera, pero tan importantes como la música de carnaval o la bossa nova.
P.: Usted ha tocado con muchísima gente importante, de todos los géneros musicales. ¿Qué sensación le produce tocar con su hijo?
E.G.: Toco con mi hijo y muchas veces también con mi hija en el bajo. Y créame que esa sensación de tocar con la familia no tiene comparación con nada. Me produce una inmensa alegría. Porque son muy buenos artistas, con una gran musicalidad; pero, además, se produce una comunión emocional que es imposible con otro músico.
P.: ¿Qué porcentaje de su música está escrito y qué otro es improvisado?
E.G.: Lo improvisado no es más que 15%; sin embargo, yo sé que parece mucho más. Y, en ese sentido, creo que vale la pena recordar algo que aprendí de algunos amigos actores: «una función puede ser distinta cada noche, aunque el texto sea el mismo, repetido una y otra vez». Eso es lo que trato de que suceda con mi música.




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