17 de marzo 2001 - 00:00

"¿Por qué filmar muertes es lindo y un parto, feo?"

Marta Mészáros.
Marta Mészáros.
Mar del Plata - La vida de Marta Mészáros fue realmente dura, como lo atestigua la retrospectiva de su obra que acaba de verse en el Festival de Mar del Plata, especialmente sus «Diarios» autobiográficos. Nacida en Budapest, 1931, sus padres creyeron en el comunismo, y viajaron a Kirghizia, en la frontera con China. Pero los estalinistas secuestraron, torturaron y fusilaron al padre, acusándolo de espionaje. La madre murió de fiebre tifoidea. Y ella, de sólo nueve años, fue confinada a un asilo, donde hasta le cambiaron el nombre. Cuando pudo volver a su país, también llegó el comunismo, y siguieron las desgracias. Pero les hizo frente, y hoy sonríe.

Periodista: A mitad de los '70 supimos de su existencia, por una obra dura y excelente, «Adopción».

Marta Mészáros:
Ya para entonces llevaba veinte años trabajando en el cine. En esa época sólo había dos mujeres directoras: Agnes Varda, y yo. «Adopción» fue una obra especial. En Hungría, el de los chicos huérfanos sigue siendo un gran problema. Y yo quería hacer, además, el retrato de una mujer simple, ya madura. Juntamos ambos temas, con un presupuesto muy pequeño, una sola actriz profesional, y buen resultado: el Oso de Oro de Berlín. Así me conocieron en todo el mundo.

P.: ¿Pero cómo reaccionaron su país y el mundo con su siguiente película, «Nueve meses»?


M.M.:
Gran éxito comercial y discusión en todas partes, porque el personaje era una madre soltera, y muy sincera, nada amable, que para muchos resultaba insoportable. Hoy el insoportable resulta el tipo que la pretende y le exige hacer las cosas como él dice. El final es un comienzo, porque a través de un segundo hijo indicamos que el verdadero amor no es sólo sexo.

P.: Pero usted filmó el parto, algo que nadie se esperaba.


M.M.:
Hoy es algo común, yo fui la primera. La actriz estaba realmente embarazada, y eso fue muy shockeante para la época. Lo que más molestaba es que hice esa escena sin la menor música romántica, ni luz almibarada, ni nada. Seca. Muchos directores varones me dijeron que no era algo lindo. ¿Cómo? ¿Una escena donde matan gente es algo lindo, y un parto es feo? Y el público piensa lo mismo, es terrible. Creo que para muchos directores la mujer sólo puede representarse como femme fatale, o jovencita encantadora, o americanas con el mismo plástico. Por eso me gustan Bergman, Fellini, y Ken Loach, porque sus mujeres son reales.

P.: Entonces usted estaba casada con Miklos Jancó. ¿Eran el diablo para los comunistas?


M.M.:
Un genio. Nos casamos jovencitos, y nos separamos después de «Adopción», pero seguimos siendo amigos. Bueno, no sé si el diablo, pero todos los pequeños pinchazos que pudiéramos darle al régimen, los dábamos. Cada pequeño pinchazo era importante.

P.: ¿Cómo fue lo de los «Diarios»?


M.M.: El primero, «Diario para mis hijos», 1982, causó gran escándalo político, porque el gobierno húngaro toleraba cierta crítica, salvo hablar de las relaciones con la URSS, y yo hablé. Conté cómo funcionaba el sistema de arrestos de húngaros en manos rusas. Estrené, y la prohibieron tres años, porque me negaba a cambiar diálogos y escenas, hasta que un nuevo director de estudios me dijo «Marta, cortá tres metros de cualquier lado, yo voy a Cultura, digo que aceptaste cortar, y vamos a Cannes». ¡Palma de Oro! Para entonces ya estaba Solidaridad en Polonia, algo empezaba a cambiar, y mi marido, el actor polaco Jan Novicki ( Wajda, Zanussi, teatro en Buenos Aires, etcétera), me dijo «contá lo que pasó con tus personajes». Eso fue «Diario para mis amores», 1987, que también tuvo problemas, y también ganó en Berlín. Y ya estaba Gorbachov, y enseguida hice el otro, «Diario para mi padre y mi madre», 1990. Y exactamente el último día de rodaje, el comunismo colapsó. Nunca pensé que iba a verlo caer. El Ejército Soviético estaba en todos los países, eran dos millones de soldados. Pero ocurrió.

P.: ¿Y «La pequeña Vilma: el último diario»?

M.M.:
Cuando preparé las otras películas, hubo muchos documentos (por ejemplo, los de la rebelión húngara de 1956, ahogada en sangre) a los que no pude acceder. Ahora yo quería tener los documentos soviéticos sobre mi padre, saber cómo murió. Y quería filmar mi infancia en esos mismos lugares. El presidente húngaro habló con el kirghizio, fue un largo ablande, pero lo logró. Me dieron los documentos, volví al mismo lugar. Lástima que sólo había conseguido 500.000 dólares, y apenas pudimos filmar 31 días.

P.: ¿Apenas un mes, para recrear los años treinta?


M.M.:
Sólo un mes. Pero está todo lo que quería poner, y creo que está claro, por ejemplo la diferencia entre los comunistas rusos y los comunistas europeos. Sus filosofías eran distintas.

P.: Es una recreación con otros rostros, otros nombres, pero ¿hay en esta película alguna imagen que sea exactamente, bien exactamente, igual que las imágenes que usted guarda en sus recuerdos?


M.M.:
Muchas, pero sobre todo dos. Cuando la pequeña va al cementerio, se echa sobre la tierra, y surge el rostro de su padre. Siempre tuve esa imagen. Y otra, cuando en una tarde calma la niña se recuesta sobre su madre, a la orilla del lago. Siempre tengo esos recuerdos de mis padres, y pude recrearlos tal cual son. Muchos me critican la escena del lago, pero para mí ellos nunca murieron, están conmigo, y por eso mi visión de la infancia es lírica.

P.: Además, esa escena es un descanso, para que el espectador no se fastidie y diga «oh, cuánto sufren éstos, voy a ver otra película».


M.M.:
Por supuesto. Otra cosa: fueron muy malos tiempos, pero también tuve muy buenos. Y los tengo. Tengo hijos fantásticos, hago lo que quiero, tengo un hombre muy bueno al lado mío, y todavía lindo...

P.: Si la oyeran las feministas...


M.M.:
Sé que muchas mujeres prefieren estar solas. Dicen «tengo mi dinero, mi profesión, para qué vivir con un hombre». Pero para mí es importante estar juntos. Ser libres, pero juntos. Ahora, después del festival, nos mudamos a un hotelito romántico, más barato, a seguir unos días en Mar del Plata.

P.: ¿No quiere hacer otra película?


M.M.: Terminé un film-ballet, «El mandarín maravilloso», sobre la obra de Béla Bartok. Pero me gustaría completar unas escenas en China, veremos qué pasa con la censura, que allá todavía es muy fuerte. Y preparo algo sobre el regreso de Marie Curie a Polonia, ya vieja y enferma, para despedirse de su país natal. Sé que Catherine Deneuve quiere hacer ese papel, pero no estoy segura si quiero dárselo a ella.

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