31 de octubre 2002 - 00:00

Potente fábula, tan bella como trágica

Detrás del sol
"Detrás del sol"
«Detrás del sol» (Abril despedacado, Brasil, 2001, habl. en portugués). Dir.: W. Salles. Guión: W. Salles, S. Machado. Int.: J. Dumont, R. Santoro, R. Ramos Lacerda, R. Assemany.

Nordeste brasileño, 1910. Una familia campesina está de duelo. Cumpliendo ancestrales venganzas, el hijo de los vecinos mató al mayor de ellos. La camisa quedó manchada de sangre. Cuando la mancha lo indique, su hermano deberá vengarlo. Entonces los otros llorarán, y esperarán que hable la sangre. ¿Cuánto tiempo de vida quedará, entretanto, para disfrutar, para reír, para conocer una mujer?

Sobre la novela «Abril despedazado», del albanés Ismail Kadaré, ya llevada al cine en su país, Walter Salles hizo una fábula dramática que muchos verán casi al borde del esteticismo. Esto último podría tomarse como una claudicación formal, una atención al for-export, tras su intensa historia anterior, tan auténtica, la casi neorrealista «Estación Central». En verdad, él hizo, entre medio, «Meia noite», drama realista donde un delincuente carioca también debe elegir entre el mandato de muerte y la oportunidad de vida. Pero quizá porque el nordeste ya es demasiado seco, como para pintarlo con un estilo también seco, acá Salles prefirió hacer una fábula, incluso tomarse ciertas libertades, enamorar al espectador con un aire romántico, jóvenes lindos, que descubren la fantasía a través de una pareja de cirqueros, y lindos colores. Pero qué fuerza, qué belleza trágica, y a fin de cuentas, también qué verdad, tiene esa puesta en escena. Salles es un director con todas las letras, y esta película es una película con mayúsculas.

A resaltar, el inteligente diseño de movimientos circulares y pendulares, destacando tanto un goce pleno de la vida como la presencia constante de la muerte, intérpretes excelentes (a la cabeza, José Dumont, en la línea del Omero Antonutti de «Padre padrone»), y la continuidad del mismo equipo de «Estación Central», desde el productor y el fotógrafo para abajo. Y, entre muchas escenas fascinantes, dos que sobresalen.

En una, los miembros más jóvenes de la familia, que llevan una vida amarga haciendo -paradójicamente-bloques de azúcar, se distraen jugando en una gran hamaca. Por cierta circunstancia, de pronto toda la familia se asusta, y luego todos ríen. Hasta el adusto padre de familia, ríe, y a todos pesa la conciencia de lo breve. La otra escena aparece cuando también se ha hecho evidente el problema económico de esos pequeños productores, que viven su corta vida sólo para trabajar y maldecir, dando vueltas a la noria con sus viejos bueyes, una escena que culmina con una metáfora admirable -y conscientemente breve.

Atención a Fernando Meirelles, el asistente de Salles, cuyo drama de delincuentes infanto-juveniles «Cidade de Deus» deja a «Pixote» a la altura de «Anteojito» (y va al Oscar por Brasil).

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