9 de enero 2001 - 00:00
Premios, opción obligada para estimular al arte
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El Fondo de las Artes es otra excepción: acaba de entregar un premio de 15.000 dólares a Marina de Caro, otro de 10.000 a María Causa y tres menciones de 2.000, o sea, un total de 31.000 dó-lares. Pero en el montaje de la exhibición, que ocupa tres salas del Centro Cultural Recoleta, y en el catálogo, sólo se invirtieron 22.000 dólares. «Somos ferozmente tacaños con los gastos super-fluos», asegura Ramón Valiño, gerente de Finanzas del Fondo y añade que el Fondo destina 1,5 millón de dólares anuales a becas en el país y en el exterior. «Los gastos aleatorios que demandan las becas son muy inferiores», aclara.
Por otra parte, los premios, rubro que antes lideraba el Estado, tienen cada día más adeptos en el sector privado. Empresas, fundaciones y personas que ganan prestigio asociándose al arte aunque, a veces, no faltan los que pagan un amplio despliegue publicitario y reducen los premios a un simple diploma. Existen, sin duda, instituciones que demuestran genuino interés por apoyar a los artistas, pero tampoco se debe olvidar que para gozar de exenciones fiscales, las fundaciones deben brindar algún beneficio a la sociedad. Los premios ofrecen una salida más fácil que las becas u otro tipo de estímulos.
A mediados del siglo XIX, los salones de París fundados en el canon académico mantuvieron una estética uniforme calcada del estilo neoclásico de Jacques Louis David. Aunque estos salones acercaron el arte a la sociedad y fomentaron el nacimiento de una crítica especializada, Ingres, el más notable discípulo de David, llegó a decir: «El salón ahoga y corrompe el sentimiento, los artistas son llevados a exponer allí por el cebo de la ganancia, por el deseo de sobresalir a cualquier precio».
Recién con el arribo de los Salones Independientes se abrirían las puertas a los marginados del sistema. Creados con un modelo decimonónico, los premios argentinos recién comienzan a renovar su estrategia. El caso es que la promoción de una de las nuevas vertientes del arte en nuestro medio, el neoconceptualismo, llega a través del Premio Banco Nación.
Además, este salón que hoy se exhibe en el Recoleta abandona el formato tradicional dedicado a la pintura y la escultura para adoptar de modo abrupto nuevos géneros como instalación, video, fotografía, y también nuevos materiales, incluso efímeros o desechables. Tan radical es la selección, que el jurado sólo aceptó dos pinturas.
Por otra parte, la estética del premio del Fondo de las Artes se aproxima a la del Banco Nación, dato explicable ya que coinciden varios nombres del jurado. Pese a que en el año 1863 el Salón de los Rechazados significó el fin de los criterios académicos y hoy cualquiera sabe que no existe un canon que regle el juicio estético y la evaluación es sólo subjetiva, como en su génesis, se percibe en algunos salones un renovado criterio hegemónico y en ocasiones, restrictivo. Como si fuera un vicio inherente al propio sistema.
El mejor ejemplo de las arbitrariedades que se cometen en los premios es la de «Desocupados», hoy considerada la obra cumbre de Antonio Berni que fue rechazada en 1935 por el jurado del Premio Nacional y que al año siguiente le otorgó el Gran Premio por un retrato. Es obvio, el valor de una obra de arte no puede medirse con la misma certeza que un descubrimiento científico o los segundos que tarda un deportista para llegar a la meta.




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