«Como perros y gatos» (EE.UU., 2001, habl. en inglés o doblada al español.) Dir.: L. Guterman. Int.: J. Goldblum, E. Perkins, A. Pollock.
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Como si estos bichos no tuvieran bastante angustia existencial con lo que les toca vivir cada día (dormir, poner cara de pensativos, ver si alguien abre la heladera, etc.), acá se les da por integrar servicios secretos altamente tecnificados y organizados, que sus amos jamás llegarían a imaginar.
Por un lado, los gatos, al mando de un persa de pelo largo que quiere conquistar el mundo, secundado por un persa de pelo corto, un ruso experto en luchas orientales (aunque, en verdad, es un british de pelo corto), y unos devon rexes caídos del cielo. Por otro lado, un cachorrito beagle, un pastor de Anatolia, un ovejero inglés, de esos todos peludos, un neurótico chino, y una galga saluki.
En el medio, la insulsa familia de un inventor casero. El tipo está inventando una vacuna contra la alergia a los perros, algo que los gatos piensan revertir a su favor. Dicho sea de paso, el tipo resultó de raza actoral cualunque nomás, de esos que ya agarran cualquier hueso con tal de seguir en pantalla: moscas, dinosaurios, lo que venga.
Se pasa el rato. El comienzo es notable: una persecución seguida de pelea, todo prácticamente sin palabras, con gran trabajo de ambientación, movimientos de cámara, efectos especiales, etc., es decir, una de esas secuencias que llevan días enteros de rodaje, y entusiasman al público para ver después el backstage en alguno de esos programas de cable sobre la magia del cine o el entrenamiento de animales en Hollywood. Lo mismo, el resto del film, donde se mezclan animales reales, muñecos, y efectos digitales. Bravo por los titiriteros del Henson Creature Shop, y por el director de fotografía, el argentino Julio Macat, que ya se había lucido en la serie de «Mi pobre angelito» y otras comerciales de exigencia. Lástima que los guionistas no sólo copiaron a diestra y siniestra, sino que lo hicieron mal. Dejan hilos sueltos (por ejemplo, ¿qué pasó con el perro del comienzo?), hacen remates flojos, se pierden oportunidades servidas. Vale decir, a esta historia sólo la salvan la técnica, la inocencia de sus pequeños espectadores... y la publicidad. Cierto que, después de todo lo que hizo «el malo», el final es de gran justicia. Pero la obra daba para más.
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