29 de noviembre 2000 - 00:00

QUÉ ABSURDO ES HABER CRECIDO

Gustavo Garzón.
Gustavo Garzón.
«Qué absurdo es haber crecido» (Argentina, 2000, habl. en español y francés). Guión y Dir.: R. Santos. Int.: G. Garzón, L. Maslíah, L. Melillo, J. P. Reguerraz.

Un joven científico advierte que el laboratorio para el cual trabaja está haciendo algo extraño, con resultados bastante irresponsables, en una zona agropecuaria, que para colmo es su tierra natal. Una chantada.

Nuestro personaje se encuentra entonces ante tres opciones: a) efectuar una denuncia pública, sin pruebas ni testigos suficientes, quedando como un héroe pero arriesgándose a los palos; b) venderle esos secretos a la empresa rival, que probablemente haga lo mismo o algo parecido; c) aceptar la jugosa beca en Estados Unidos que amablemente le ofrece el propio laboratorio cuestionado, como para ascenderlo y hacerlo callar y, en efecto, ascender, callarse e integrarse sin mayores cargos de conciencia. Viveza global.

Puede haber otras opciones, una combinación de las anteriores, o también, quién sabe, puede que no pase nada. El debutante Rolando Santos, surgido del staff de la revista «Haciendo Cine», describe en su primer film a una generación que él mismo define como «ni». Ni revolucionaria, ni contrarrevolucionaria. Ni treintañera a pleno, ni ya asentada en los cuarenta. Pero, como no se trata de un ensayo sociológico, sino de personajes cinematográficos, su descripción también incluye intriga, un curioso triángulo sentimental, una pizca de humor, un poco de acción, con tiros y escapadas, escenas en La Pampa y en París y algunas otras cosas, todo en atendible dosis y con la debida agilidad, que pocas veces se le va de las manos.

Trabajando con escasos elementos y sin mayor experiencia, el hombre se ha propuesto una historia y ha logrado contarla de modo entretenido, sin que le quepan mayores objeciones.

Lo apoyaron, se nota, un cuerpo de técnicos entusiastas, que incluso mostraron especial altura en el montaje, y un buen elenco: Gustavo Garzón en su primer protagónico, el risueño músico Leo Maslíah como un cura amigo (debut actoral que lo encuentra un poco contenido, acaso por el «clergyman»), Jean-Pierre Reguerraz como el malo de la película y Laura Melillo como la mujer que viene del pasado, abriendo la otra parte del conflicto. Un defecto, sin embargo, tiene la historia, y es que le falta un poco más de mordiente. La realización, en este caso, termina siendo superior al libro.

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