16 de marzo 2000 - 00:00
"¿QUIERES SER JOHN MALKOVICH?"
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La nueva película de Netflix grabada en la Cataratas del Iguazú que se convirtió en la más vista de la plataforma
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Con un regreso triunfal: Netflix estrenó la nueva temporada de una serie muy esperada y popular
se haya visto en mucho tiempo.
«¿Quieres ser John Malkovich?» es lo más parecido a lo que hubiera resultado de una obra de Franz Kafka interpretada por los hermanos Marx.
La película, dirigida por Spike Jonze, tiene algo de los climas del « Brazil» de Terry Gilliam pero nada de su pedantería; su libro, debido a Charlie Kaufman, es una brillante humorada cuyo atribulado protagonista no termina convertido en cucaracha sino en el actor John Malkovich, que se inter-preta a sí mismo en la más original participación «as himself» que se recuerde.
Su territorio es el humor desenfrenado, por lo cual la busca de significados profundos en estos tours a un cerebro ajeno llevaría a obviedades de las que la película abjura desde el comienzo.
De la idea básica conviene re-velar poco: en una oficina tan fantástica como la del «Proceso» kafkiano (está en el piso 7 y 1/2 y su altura apenas supera el metro, lo que obliga a sus ocupantes a caminar agachados), el titiritero (John Cu-sack), que al fin encontró trabajo como archivista gracias a la velocidad con que mueve los dedos, descubre un pasadizo oculto que conduce a un ámbito prohibido: el cerebro de John Malkovich, el actor. Pero la ocupación de ese espacio es limitado: dura apenas un cuarto de hora, después del cual el viajero-parásito es expulsado y cae, desde el cielo, junto a la autopista que lleva de Nueva Jersey a Nueva York, al lado del peaje.
Semejante túnel no puede ser el secreto de una persona (sobre todo porque el titiritero no soportaría callarlo), y de ese modo muy pronto, junto a su entrada, no sólo él querrá repetir la aventura sino que también se le atreverán la ejecutiva (Catherine Keener, a la que intenta seducir revelándole su descubrimiento), su esposa ( Cameron Diaz), y por último largas e interminables filas de personas a las que les cobran entrada como si fuera una atracción de los parques de Orlando.
Y esto apenas es el punto de partida: la película abunda en hallazgos de toda naturaleza, entre los que sobresalen la inopinada relación que se establece entre ambas mujeres, para la cual recurrirán al huésped transitorio, o la abismal escena en que Malkovich, cuando termina por descubrir, furioso, la invasión de la que es víctima, quiere también él entrar en el túnel que conduce a su propio cerebro.
La sensación, divertidamente escandalosa, de que un actor consienta en hacer de sí mismo mientras todos los demás inter-pretan personajes ficticios, representa un escalón más en ese pacto de credulidad imprescindible que debe existir entre espectador y película, y que aquí empuja a la platea a aceptar, con absoluto candor, que ese John Malkovich que vemos en el film no está actuando sino que es, de verdad, él mismo. Pirandello está vivo.




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