16 de marzo 2000 - 00:00

"¿QUIERES SER JOHN MALKOVICH?"

U n titiritero desempleado, una sofisticada amante de las mascotas, una modesta ejecutiva histérica y un anciano libidinoso animan la más ingeniosa comedia fantástica que
se haya visto en mucho tiempo.
«
¿Quieres ser John Malkovich?» es lo más parecido a lo que hubiera resultado de una obra de Franz Kafka interpretada por los hermanos Marx.
La película, dirigida por Spike Jonze, tiene algo de los climas del « Brazil» de Terry Gilliam pero nada de su pedantería; su libro, debido a Charlie Kaufman, es una brillante humorada cuyo atribulado protagonista no termina convertido en cucaracha sino en el actor John Malkovich, que se inter-preta a sí mismo en la más original participación «as himself» que se recuerde.
Su territorio es el humor desenfrenado, por lo cual la busca de significados profundos en estos
tours a un cerebro ajeno llevaría a obviedades de las que la película abjura desde el comienzo.

Ingenio

Todo aquí es placentero: los diálogos son agudos, los actores extraordinarios, desopilantes muchas de sus situaciones y su argumento paradójicamente clásico, pese al aparente absurdo (en el final, el delirio se organiza). Hasta sus escenas de apoyo son divertidas, como la conversación entre Malkovich y un obstinado taxista que insiste en que lo ha visto inter-pretar a un ladrón de joyas en una película.
De la idea básica conviene re-velar poco: en una oficina tan fantástica como la del «Proceso» kafkiano (está en el piso 7 y 1/2 y su altura apenas supera el metro, lo que obliga a sus ocupantes a caminar agachados), el titiritero (
John Cu-sack), que al fin encontró trabajo como archivista gracias a la velocidad con que mueve los dedos, descubre un pasadizo oculto que conduce a un ámbito prohibido: el cerebro de John Malkovich, el actor. Pero la ocupación de ese espacio es limitado: dura apenas un cuarto de hora, después del cual el viajero-parásito es expulsado y cae, desde el cielo, junto a la autopista que lleva de Nueva Jersey a Nueva York, al lado del peaje.
Semejante túnel no puede ser el secreto de una persona (sobre todo porque el titiritero no soportaría callarlo), y de ese modo muy pronto, junto a su entrada, no sólo él querrá repetir la aventura sino que también se le atreverán la ejecutiva (Catherine Keener, a la que intenta seducir revelándole su descubrimiento), su esposa ( Cameron Diaz), y por último largas e interminables filas de personas a las que les cobran entrada como si fuera una atracción de los parques de Orlando.
Y esto apenas es el punto de partida: la película abunda en hallazgos de toda naturaleza, entre los que sobresalen la inopinada relación que se establece entre ambas mujeres, para la cual recurrirán al huésped transitorio, o la abismal escena en que
Malkovich, cuando termina por descubrir, furioso, la invasión de la que es víctima, quiere también él entrar en el túnel que conduce a su propio cerebro.

 Realidad

Indudablemente, la audacia de esta película depende en buena medida de la elección, como personaje, de una persona existente: si, en lugar del John Malkovich real, el receptor hubiera sido un personaje de ficción como todos los demás, la historia habría resignado, tal vez, algo de su efecto.
La sensación, divertidamente escandalosa, de que un actor consienta en hacer de sí mismo mientras todos los demás inter-pretan personajes ficticios, representa un escalón más en ese pacto de credulidad imprescindible que debe existir entre espectador y película, y que aquí empuja a la platea a aceptar, con absoluto candor, que ese
John Malkovich que vemos en el film no está actuando sino que es, de verdad, él mismo. Pirandello está vivo.

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