3 de julio 2001 - 00:00

Recuperan bien obra centenaria

Los derechos de la salud.
"Los derechos de la salud".
Luisa, la protagonista de «Los derechos de la salud», pasa de ser una mujer mimada por toda su familia y siempre atenta a las necesidades de su marido y de sus hijos, a quedar aislada de ellos, debido a una red de engaños «piadosos», supuestamente destinados a evitarle un disgusto mayor: la confirmación de que está gravemente enferma.

La tuberculosis, con su lánguida promesa de muerte y contagio, empieza a socavar lentamente la armonía y el equilibrio de esta familia. Colaboran con este estado de cosas una hermana solidaria (Beatriz Spelzini), que toma las riendas de ese hogar sin percibir el retorno de antiguas rivalidades fraternas; un marido atento ( Raúl Rizzo), pero peligrosamente atraído por su cuñada, en la que descubre una versión más joven y vital de su esposa y, por último, una criada que puede ver cómo afloran las pasiones reprimidas, sin poder hacer otra cosa que simular que su patrona está sana.

Obviamente, el ocultamiento de la verdad sólo contribuye a la deshumanización de la mujer, quien día a día va perdiendo responsabilidades, atributos y derechos. Luisa ya sabe que será reemplazada, y ser testigo hoy de lo que sucederá tras su muerte es su mayor padecimiento.

Carlos Pais adaptó esta casi centenaria pieza de Florencio Sánchez, rica en contenidos y posibilidades de lectura, con el simple criterio de aligerar ciertos párrafos demasiado extensos y algunas reiteraciones innecesarias. Esto hace aún más desta-cable el sensible criterio de puesta con el que Luciano Suardi enriqueció este texto. Cabe recordar que sus anteriores trabajos como director («La es-puma», «Teresa R.») desplegaban un rico imaginario que le permitía prescindir de la anécdota concreta y de la linealidad temporal, cosa que aquí no le fue permitida.

Pero una vez aceptado este esquema de trabajo, su primer acierto fue otorgarle al padecimiento de Luisa un status metafísico. Apenas se abre el telón, se ve la esbelta y solitaria figura de Elena Tasisto frente a un amenazante muro que atraviesa la escena de manera invasiva. De allí en más puede apreciarse un delicado armado de atmósferas (bien respaldado por el vestuarista y escenógrafo Jorge Ferrari) al que se suman la inquietante vibración de los silencios y una minuciosa geometría que valoriza aún más los desplazamientos de los actores.

La casa es gélida y, salvo la desesperada Luisa, sus habitantes transmiten sensatez, formalidad y buenas intenciones, pero por debajo corre lava ardiente. Esto es algo que se percibe en la excelente composición de Beatriz Spelzini, la intérprete que mejor denuncia este estado de cosas. En cambio, Raúl Rizzo cae permanentemente en el estereotipo y la impostación. Elena Tasisto logra conmover en algunos tramos, pero en otros reviste a su personaje de un aura épica que desentona con el estilo intimista de este drama.

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