«Regreso a Cold Mountain» (Cold Mountain, EE.UU., 2003, habl. en inglés). Dir.: A. Minghella. Guion: Ch. Frazier, A. Minghella. Int.: J. Law, N. Kidman, R. Zellweger, E. Atkins, D. Sutherland, B. Gleeson, N. Portman, R. Winstone.
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Según estadísticas, la cantidad de norteamericanos muertos en la Guerra Civil sigue superando a la suma de norteamericanos muertos en todas las demás guerras, desde la de Independencia a la de Irak, pasando por las dos Mundiales. Como dato ilustrativo, vaya una anécdota que recopiló Carl Sandburg: al día siguiente de la batalla de Gettisburg, un viejo se ufanaba de haber cruzado todo el campo de batalla... sin pisar el suelo. «Regreso a Cold Mountain» da una idea de esto, en la secuencia de una espantosa lucha cuerpo a cuerpo, que culmina con el trabajo posterior de acumular pilas de cadáveres. Dicho sea de paso, el zumbido de moscas que inunda en ese momento la sala, es más tocante que el coro dramático que lo antecede, y más recordable que las aburridas canciones mandadas al Oscar. La descripción de esa batalla supondría también una pequeña metáfora, ya que los del Norte se cavan literalmente su propia fosa al destruir con superior tecnología las defensas enemigas. Pero también se supone que el autor, Anthony Minghella, no quiso cavarse la suya. Demasiado, con elogiar a un desertor en estos tiempos.
En efecto, lo que aquí se cuenta es el largo camino a casa de un oficial que abandona su puesto por amor a la linda pacifista que lo espera en su hermosa Carolina del Norte. El viaje remite al del botánico William Bartram, que un siglo antes había explorado y elogiado la zona. Sólo que aquí los apuntes elogiosos se reemplazan por los dolorosos (el maíz abichado, la barquera de pronto final, la mujer que excede su venganza matando a un chico inocente, el oficial que en vez de enfrentar al enemigo vuelca su ira en los presos de su propio bando, etc.), matizados con algo de picaresca y algo de filosofía al paso, esto último a cargo de una ermitaña protohippie.
Al mismo tiempo, se cuentan las penas de quien está esperando, la bonita Nicole Kidman, auxiliada por Renee Zellweger como un marimacho de repertorio, las dos enfrentadas a una banda de aprovechadores de enorme crueldad, los miembros de la Guardia Zonal (el jefe, sin embargo, después de torturar a una mujer delante de sus hijos, unos niños enviados al frente, puede lagrimear oyendo una primitiva canción... antes de matar cordialmente a los músicos).
El encuentro de ambos relatos significa también el encuentro corporal, lamentablemente fugaz pero fertilizante, de los enamorados. Seguido de una solución tipo western al problema de los malos. El final no es del todo feliz. Tampoco la película, que por estirarse demasiado pierde fuerza emotiva.
Basada en una novela de Charles Frazier, que a su vez se basó en la historia real de un antepasado suyo, esta égloga de Carolina del Norte se filmó, paradójicamente, en Carolina del Sur, Virginia, y Rumania. Bonitos paisajes.
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