Manuel Peyrou, «El estruendo de las rosas» (Bs. As., Colihue, 2001, 205 págs.)
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Es una decisión oportuna haber reeditado esta novela, que, junto a otros textos, integra una colección dirigida por Elvio Gandolfo. El sobrio encanto del diseño de tapa y la ilustración del libro son mérito de María Wernicke.
Publicada en 1948, «El estruendo de las rosas» motivó algún revuelo. En el dictador Cuno Gesenius o en el sucesor Boström, con sus resonancias nórdicas y actitudes mussolinianas, con su aparato represivo y su escaso apego a las libertades públicas, se creyó ver una crítica sesgada al peronismo entonces gobernante.
Esa intencionalidad política se hizo francamente explícita después del '55 con «Acto y ceniza»; en «Se vuelven contra nosotros», la sátira tocaba al peronismo pero el blanco principal eran Frondizi y Frigerio. Leída «El estruendo de las rosas» a más de cincuenta años de distancia, poco queda de la ligera comezón que debió causar en su día. La buena prosa de Manuel Peyrou, celebrada en el entorno de Bioy Casares y de Borges, hace más llevadero un texto bastante engorroso y con largos fragmentos carentes de interés. Se trata de un policial bastante «sui gene-ris», ya que los magnicidios son infrecuentes en la temática de sus cultores.
En la intrincada trama no sólo alienta la prosa del autor sino también el ingenio y la gracia. Hay frases y comentarios que, por su ironía, recuerdan a Voltaire y sus «Memorias» y a las «Comedias divertidas para gente seria», de Oscar Wilde. Pero ese ingenio, ese humor, esa ironía, están plasmados de un modo típicamente argentino; es la voz del argentino culto, refinado, la que se percibe nítida y que remite sin esfuerzo a las siempre atractivas «causeries» del jueves, de Lucio V. Mansilla. Y es en esta «voz» donde reside lo perdurable de «El estruendo de las rosas».
Manuel Peyrou nació en San Nicolás, en 1902, y murió en Buenos Aires en 1974. Integró la dirección de «Crítica», en su mejor época, y dirigió el suplemento cultural de «La Prensa».
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