Michael Pitt y Keira Knightley en la tediosa «Retrato de amor».
«Retrato de amor» («Silk», Canada-Fr.Italia, 2007; habl. en inglés y japonés). Dir.: F. Girard. Int.: K. Knightley, M. Pitt, A. Molina, S. Ashina.
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La primera imagen de este lánguido «Retrato de amor» se asemeja a la versión bonsai de una película de la Coca Sarli: una frágil muchacha japonesa se baña desnuda en aguas termales, rodeada de humo y acompasada por los sones de un piano que llorará durante más de 100 minutos. Funesto signo que apenas anticipa lo que sobrevendrá.
Basada en un best-seller de Alessandro Baricco, «Seda» (también el título original del film), adscribe a lo peor del romanticismo embustero, con el agravante de que su anécdota no deja de tropezar con el humor involuntario y el disparate. Y por si fuera poco, hay que sumar un incomprensible error de casting: es creíble que un hombre, enamorado de una exótica y enigmática asiática, sienta que su matrimonio tambalea. Lo que no encaja es que para la japonesa hayan elegido a la anodina y aburrida Sei Ashina, y para la esposa a Keira Knightley, una de las bellezas más deslumbradoras que hayan aparecido en el cine de los últimos años, pese a que la cámara de François Girard se empeñe en hacer lucir ordinaria.
El film, que transcurre a mediados del siglo XIX, se rodó en un pequeño pueblo italiano al que hay que suponer francés, mientras todos los actores hablan en inglés con excepción de los japoneses, a los que se les tolera su lengua. Hervé (Michael Pitt) es el atribulado galán casado con Helene (Knightley), a quien el ambicioso empresario Baldabiou (Alfred Molina) envía a una arriesgada misión al Japón: deberá obtener allí huevos sanos de gusano y transportarlos de vuelta al pueblo, porque los locales están infectados con pebrina y no producen seda.
Mientras va y viene con los huevos a lo largo de distintos y aventurados corretajes, Hervé se desgarra entre un amor y el otro: el de la Sarli bonsai, que salvo darle una notita no parece llevarle mucho el apunte y encima está unida a un capanga peligroso, y la belle Helene, que se queda a esperarlo en el pueblo, no sin suspiros. Por si el sufrimiento de Hervé no le quedara demasiado claro al espectador, a lo largo de la película se lo oye declamar sus cuitas en off, casi tan ininterrumpidamente como las notas plañideras del piano.
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