21 de septiembre 2004 - 00:00

Retrato de un asesino

San Sebastián (Enviado especial) - Bastante inquietud trajo el film español en competencia, «Horas de luz», pero no como propuesta cinematográfica, sino por su representación de un auténtico criminal, Juan José Garfia, uno de esos enemigos públicos número uno, que una noche de 1987, a los 17 años de edad, alzó un caño recortado y empezó a matar cuanto guardia civil se le cruzara en el camino.

Desde entonces vive en prisión, ya que como protagonista de abundantes fugas (los únicos 70 días que pasó fuera de un penal), motines, desacatos, injurias, y demás etcéteras, se le han ido sumando condenas, con lo que todavía tiene para más allá del resto de su vida. El detalle, es que ya no es el mismo que cuando entró. Habiendo pasado los primeros tiempos como un animal salvaje, el régimen severísimo de confinación solitaria lo fue aplacando, y el inesperado amor con una enfermera, madre de tres niños, lo terminó de aflojar. Ahí, entonces, le cayó la ficha y empezó a dolerse por los crímenes que había cometido ocho años antes.

Hoy es un hombre casado, profesor de pintura y literatura de los otros presos, y su mayor alegría es la visita mensual de la familia. Sin embargo, la sociedad lo sigue viendo como un sicópata, y la sola existencia de esta película ya ha causado cierto revuelo. Dialogamos con el director Manolo Matji («La guerra de los locos»).

Periodista:
¿Cree que su film ayudará a mejorar la vida de Garfia en la cárcel?

Manolo Matji: Lo dudo. Aunque desde 1991 no ha tenido el menor problema de conducta, nunca le han dado un permiso de salida, ni siquiera para ir con vigilancia al bautismo de sus hijos. Y ahora menos, porque ha vuelto a la fama, y ningún juez querrá salir en los diarios por causa suya.


P.:
Antes del cine, ya había vuelto a la fama.

M.M.: Sí, como escritor de «Adiós, prisiones», un libro sobre el arte de la fuga, lo que no ayudó precisamente a mejorar su vida en prisión. Nosotros lo leímos, y quisimos recrear algunas de las más ingeniosas escapadas que ahí cuenta. Fue entonces cuando, al pedir un permiso para entrevistarlo, nos enteramos de la otra historia, la que vive su esposa Marimar de este lado de las rejas, y que le ha permitido a Garfia una manera de fugarse, muy especial. «Yo, de aquí, ya estoy afuera», dice él, tocándose la cabeza. Pero seguirá adentro, esperando inútilmente la posibilidad de demostrar si está rehabilitado.


P.:
¿Por qué mató a esa gente?

M.M.: Ni él mismo lo sabe, ni Jesús Valverde, el único psiquiatra que se ha detenido a ver quién era ese muchacho. Nuestra historia comienza con las muertes, porque nos ponemos del lado de las víctimas, y porque debemos constatar que, cuando un hombre mata a otro, también se está matando a sí mismo como hombre. El acepta ahora las consecuencias de su vida asocial, y está pagando por ello. Pero entre el cumplimiento absoluto de las penas, que son acumulativas, y el perdón, que no pide y que nadie piensa darle, también está el derecho a una vida menos brutal que la que lleva, siendo trasladado periódicamente de una cárcel de castigo a otra. Una vez pudimos entrevistarlo durante seis horas. Necesitaba saber de su época de hombre conflictivo enfrentado al sistema. «Mira, Juanjo, necesito saber lo que pasó esa noche».Y lo contó. Tragó aire, y lo fue contando muy lentamente. Después quedamos en silencio, un rato largo. De lo siguiente que empezó a hablar, siempre me acuerdo, fue de las Navidades en su casa, cuando era niño. Eran hermosas, y él mismo las convirtió en un infierno.


P.S.

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