31 de agosto 2001 - 00:00
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R.H.: Son las situaciones las que perduran o no perduran. Si aún tienen efectividad, el humor ayuda a que comunique cosas a la gente. A esta obra la quiero porque, además, evidencia eso que tenemos los autores de anti-cipar lo que va a suceder.
P.: ¿Cuenta de la caída de la clase media?
R.H.: No describo ese fenómeno, cuento de un juez de paz, hombre de varios apellidos de prosapia, educado en una familia muy bien, honesto y con sentido del deber, que enfrenta a un grupo de gente que ya no se puede calificar de proletaria. La muchacha que se casa porque está embarazada se dedica a adivinar el futuro leyendo las manos y a hacer curaciones mágicas; su madre -un personaje fuerte-dirige la olla popular en la iglesia de Mataderos; el muchacho que se casa el día anterior quedó desempleado, porque cerró la empresa donde trabajaba; uno de los testigos no tiene domicilio, porque duerme en cualquier lado; otro es una prostituta que suspende un cliente, porque no quiere perderse el casamiento de su amiga de la infancia. Es una obra tomada con humor de una realidad que hace 20 años, cuando la escribí, era impensable. Cuando se estrenó, era una obra esperpéntica, absurda, hoy es realismo cotidiano. Me gusta, agregaría, porque tiene mucha locura.
P.: ¿Cómo vio la nueva puesta?
R.H.: Alberto Grätzer es un director para tener en cuenta, muy imaginativo, que valora los sentimientos y ama los personajes.
P.: Tiene otro estreno en puerta.
R.H.: El de «Día de paro».
En ella sigo dando vueltas al vacío que hay en este momento en el mundo. Cuento de un filósofo que pone avisos en los diarios para conseguir alumnos, algo que últimamente le cuesta mucho. Lo llama gente muy desconcertante; por ejemplo, un muchacho que era ayudante de cátedra y ahora es taxi boy, otro que calculaba estructuras de hormigón y ahora hace empanadas y una mujer para ver si le puede vender un perro. El momento culminante, que para el profesor es toda una señal, es cuando lo llama una prostituta porque quiere que le dé clases. El la visita en su casa, en la calle 25 de mayo, un día de paro, con desempleados en la plaza.
La prostituta necesita recategorizarse porque a ella le va bien, ha entrado en un nivel de clientes -muchos de ellos, diputadosy quiere cultivarse. Es, entonces, el diálogo entre una prostituta y un filósofo en un día de paro. Un filósofo, además, que siente que sus palabras ya no dicen nada, que él mismo no cree, y ésa es su crisis.
P.: ¿Por qué eligió a Jorge Hacker para que la dirigiera?
R.H.: Hace tiempo que teníamos ganas de trabajar juntos. Es uno de los directores más importantes del teatro independiente. Hizo algunos de los mayores éxitos, como «La cocina» y «Raíces», de Wesker, y «La valija», de Mauricio. Es muy inteligente, con una gran perspicacia para entender la realidad nacional. Para encarnar esos seres marginales que son tanto una prostituta como un filósofo, están Edda Bustamante y Pablo Brichta, va en el Actor's Studio, el nuevo teatro de Carlos Gandolfo, en la calle Corrientes.
P.: ¿No le sorprenden tantos espectáculos y salas nuevas en medio de la crisis?
R.H.: Las últimas tres veces que fui al teatro, fue a salas nuevas: al Bardo, a ver «Un enemigo del pueblo», un espectáculo muy interesante, donde una de las actrices al entrar ofrece un vaso de vino y una porción de pizza; al Actor's Studio, donde dan «Buscando a Pirandello», obra que sería muy interesante en cualquier país de Europa, porque trata el tema de la identidad, y en El Viejo Palermo vi «Despertate Cipriano», versión de una obra de Defilippis Novoa. Borges se preguntaba por qué Australia, tan parecida a nosotros, no había producido siquiera la cultura gauchesca de hombres a caballo. La Argentina hasta 1930 había hallado un camino que luego perdió; a partir de entonces, estamos intentando entender qué nos pasa, y eso nos lleva a intentar elaboraciones intelectuales.
Si hay una fisonomía de Buenos Aires es la de capital cultural. Tiene de todo, desde obras de teatro y exposiciones hasta gente que baila tangos en San Telmo o payadas y carreras de sortijas en la Feria de Mataderos. Y no sólo es una ciudad artística de primer nivel, sino también en el deporte ocupamos un primer lugar. El director técnico del Manchester dijo: «Los españoles son buenos para correr; los italianos, para defender; los brasileños, para el espectáculo; y los argentinos, para ganar. Esta es una ciudad con un gran patrimonio vivo, con gente de muchas inquietudes, de muchas ganas de superarse, y eso nos da ánimo a los autores.




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