11 de julio 2002 - 00:00

"SAMY Y YO"

Ricardo Darín y Angie Cepeda
Ricardo Darín y Angie Cepeda
«Samy y yo» (id., Argentina, 2002; habl. en esp.). Dir.: E. Milewicz. Int.: R. Darín, A. Cepeda, H. Trailes, A. Flechner, R. Cortese y otros.

C omo el color de ojos o las cuentas bancarias, no todas las neurosis son iguales. Lo que le falta al depresivo guionista judío Samuel Goldstein (Ricardo Darín) para convertirse en Woody Allen (comparación a la que esta regocijante comedia de Eduardo Milewicz invita con fatalidad), además de dinero, es tener un poco más de Ego. O, simplemente, tener algo de Ego.

Si el Ego de Allen, como él dijo alguna vez de Norman Mailer, podría donarse tras su muerte a la Universidad de Columbia, a Samy, como a Borges, no le molestaría ser el Hombre Invisible, desaparecer de la mirada de los otros y gozar solitariamente de todas sus angustias. Para recurrir a la galería de superhéroes freudianos, se diría que Samy es puro Superyó. Pura policía moral.

A Samy, también como a Borges y al contrario del apasionado neoyorquino Allen, sólo el espanto, o el odio, lo unen a Buenos Aires. Y hay más diferencias: Allen es un calentón y Samy es asexuado, característica ésta que el director Milewicz parece compartir, desgraciadamente, con su personaje: pese a tener en la cama a la colombiana Angie Cepeda (una tonelada de trotyl tropical con pelos), lo único que le fotografía en plenitud son sus ojos, que son muy bonitos por cierto, pero uno no puede menos que recordar la cortesía para con el espectador de un director como el peruano Francisco Lombardi, cuando la filmó tan generosamente en «Pantaleón y las visitadoras». Pero aquí los trópicos son tristes: también Minguito, como la cámara de Milewicz, hubiera apreciado los ojos de una mujer así.

Perfil

Aunque, desde luego, esto también le sienta a la película, porque Samy está en las antípodas de cualquier exuberancia. Cuarentón con una novela siempre a punto de escribir, tiene la novia justa (la intelectual tilinga que compone Alejandra Flechner), la idishe mame que camina con patines ( Henny Trailes) en el tres ambientes donde también vive su hermana quejosa ( Alejandra Darín), con el living dominado por el retrato del nene sonriente en un viejo tríptico sepia. No falta nada.

Enfundado en el sobretodo raído y siempre mal afeitado, Samy es el príncipe de los perdedores en esta ciudad hostil que no le da lugar a su Gran Obra, mientras sobrevive escribiendo chistes cada vez peores para un programa de TV cuyo derrumbe en rating es tan sostenido como el hartazgo de su productora (
Rita Cortese) y del monologuista grosero y soberbio que ya no tiene ganas de interpretarlos ( Roberto Pettinato, en un papel que le va a medida).

Caída del cielo y gracias a una confusión callejera (con guiño para cinéfilos incluido:
«Yo no soy Rappaport», dice Darín, como alguna vez dijo Walter Matthau), la colombiana le cambia la vida. Angie será, desde entonces, su Pigmalión emocional, la exorcista de sus depresiones, aunque la tarea de sacarle del cuerpo el monstruo paranoico que se resiste a triunfar sea más difícil y peligrosa que la que emprendió Max von Sydow con el mismo Diablo.

«Samy y yo»
es una excelente noticia para la cartelera de cine. No es una película perfecta pero sí, finalmente, una liberación del chantaje melodramático ideológico o del experimentalismo pobre y aburrido que consume cierto Politburó crítico y que el público desdeña. Tampoco negocia, por supuesto, con la rutinaria especulación comercial. En un gesto similar al de su protagonista, Milewicz transforma la fobia en espectáculo, el ridículo en éxito. Sin simbolismos ni mensajes, y sin temerle a las macchietas (las hay, por supuesto, pero ¿qué familia no las tiene?).

Los diálogos son vivaces, la ambientación creíble y el ritmo no cede nunca; se desearía, tal vez, un desarrollo más amplio de uno de sus mayores hallazgos (cuando Samy llega, por fin, al centro de la escena, al lugar traumático), y quizás hasta un cierre distinto. Pero la película es lo suficientemente reconfortante y lúcida como para permitirse variar, al estilo nacional, aquella máxima que define a la comedia: obtener la felicidad transitoria del espectador gracias a la felicidad eterna de los personajes. Y hoy ni siquiera los personajes argentinos pueden presumir de algo así.

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