11 de julio 2002 - 00:00
"SAMY Y YO"
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Ricardo Darín y Angie Cepeda
Enfundado en el sobretodo raído y siempre mal afeitado, Samy es el príncipe de los perdedores en esta ciudad hostil que no le da lugar a su Gran Obra, mientras sobrevive escribiendo chistes cada vez peores para un programa de TV cuyo derrumbe en rating es tan sostenido como el hartazgo de su productora (Rita Cortese) y del monologuista grosero y soberbio que ya no tiene ganas de interpretarlos ( Roberto Pettinato, en un papel que le va a medida).
Caída del cielo y gracias a una confusión callejera (con guiño para cinéfilos incluido: «Yo no soy Rappaport», dice Darín, como alguna vez dijo Walter Matthau), la colombiana le cambia la vida. Angie será, desde entonces, su Pigmalión emocional, la exorcista de sus depresiones, aunque la tarea de sacarle del cuerpo el monstruo paranoico que se resiste a triunfar sea más difícil y peligrosa que la que emprendió Max von Sydow con el mismo Diablo.
«Samy y yo» es una excelente noticia para la cartelera de cine. No es una película perfecta pero sí, finalmente, una liberación del chantaje melodramático ideológico o del experimentalismo pobre y aburrido que consume cierto Politburó crítico y que el público desdeña. Tampoco negocia, por supuesto, con la rutinaria especulación comercial. En un gesto similar al de su protagonista, Milewicz transforma la fobia en espectáculo, el ridículo en éxito. Sin simbolismos ni mensajes, y sin temerle a las macchietas (las hay, por supuesto, pero ¿qué familia no las tiene?).
Los diálogos son vivaces, la ambientación creíble y el ritmo no cede nunca; se desearía, tal vez, un desarrollo más amplio de uno de sus mayores hallazgos (cuando Samy llega, por fin, al centro de la escena, al lugar traumático), y quizás hasta un cierre distinto. Pero la película es lo suficientemente reconfortante y lúcida como para permitirse variar, al estilo nacional, aquella máxima que define a la comedia: obtener la felicidad transitoria del espectador gracias a la felicidad eterna de los personajes. Y hoy ni siquiera los personajes argentinos pueden presumir de algo así.



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