12 de marzo 2007 - 00:00

Schygulla, una walkyria de arrabal

Hanna Schygulla
Hanna Schygulla
Hanna Schygulla. «Mi vida, una biografía musical». Piano: Stephan Kania. Dir.: Alicia Bustamente (Teatro Coliseo).

La noche del sábado, después de haberse presentado con el mismo espectáculo en la aguada Mar del Plata del Festival, Hanna Schygulla cantó un largo reportaje en el escenario del Coliseo. No es algo de su invención: con música o sin ella, son muchos los intérpretes icónicos, en retiro efectivo o casi, que recorren el mundo con un formato similar. Entre los que visitaron la Argentina, el más recordado es Anthony Quinn, quien lo hizo en el mismo Coliseo hace algo más de tres lustros.

A diferencia de Quinn, quien hasta alentaba la participación del público, la biografía musical de la actriz favorita de Fassbinder está férreamente guionada, condición que tampoco pudo evitar la frecuente y molesta desincronización del incompleto subtitulado, que a veces hasta difería de lo que la artista cantaba en español.

No fue del todo igual este nuevo show al que Schygulla, que ya se ha ganado una estatua de cera como la figura más prominente del cine alemán de los '70 y '80 en el Filmmuseum de Berlín, ofreció, con diez años menos, en el teatro Metropolitan durante la realización del Primer Festival Internacional de Buenos Aires, cuando la legendaria campera de cuero de Fassbinder colgaba de un perchero en el centro del escenario.

A la manera de un confieso que he vivido, Schygulla revisa su historia y memoria con extremo profesionalismo: tanto, que la ausencia de emociones no debe atribuirse a la jungla de declinaciones del idioma alemán (como gustaba decir Borges) sino a las características fuertemente pautadas de su show, demasiado extenso además (comenzó muy poco después de las 22 y concluyó, con un breve intervalo, cerca de la 0.45).

La primera parte fue, lógicamente, la más lograda y atractiva, aquella donde se la ve mejor plantada (es también la más parecida a su show de 1997): el período de su infancia y juventud, los recuerdos de su madre y de la guerra, el conocimiento de Fassbinder, las contradicciones y el conflicto generacional de quienes, al salir de Alemania, se sentían ante los ojos extranjeros corresponsables de las atrocidades cometidas en su país por sus mayores.

En esta parte, Schygulla cantó el repertorio que mejor le sienta: desde algunos temas populares de los Comedian Harmonists, o clásicos como el breve pasaje que hizo de los Kindertotenlieder («Canciones de los niños muertos») de Mahler, hasta los ineludibles temas de Brecht-Weill como « MoritTMo «Surabaya, Johnny». Correctas también, fueron sus versiones de la Piaf: «Milord», «La vie en rose» y «Padam Padam», temas interpretados de manera más canónica, aunque menos creativamente también, que su coterránea Ute Lemper.

El fin de la primera parte, coincidente con su etapa de ruptura con la «opresión de la memoria germana» y su salida al mundo, la encontró cantando una heterogénea mixtura de clásicos modernos como «Blowing In The Wind» de Dylan, «Satisfaction» de los Stones, y algunos temas de los Beatles. Fue agradable, pero difícilmente memorable (poco antes, había paseado con menos fortuna por hits del rock and roll como «Rock Around the Clock»).

La segunda parte, tras el homenaje a su admirada Janis Joplin, se deslizó a sus gustos desde hace varios años, en los que Latinoamérica tiene mucha importancia (el público, como si también hubiese estado pautado, no dejaba de aplaudir cada vez que ella mencionó a la Argentina, o a Cuba, o al tango o a Borges, o cuando hacía referencias a la libertad).

Con la única compañía sobre escena de un notable pianista, Stephen Kania, vino luego el momento de escucharle «Lágrimas negras» y, sí, también «Adiós muchachos» (¡walkyria de arrabal!).

Tampoco faltaron Vinicius ni Jobim y, sobre el final, el relato de su encuentro con Maria Bethania, y la interpretación de «Emoçoes» de Roberto Carlos, un tema que, según contó, hicieron juntas varias veces. A pedido del público, hubo un prudente bis: «Lili Marleen». Ahí sí, Schygulla, una grande, volvió nuevamente a ser ella en la melancólica letra de la espera del soldado bajo un farol, con el temeroso rumor de los cuarteles de fondo.

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