26 de junio 2003 - 00:00

Secretos paternos en original film español

Leonardo Sbaraglia y Fernando Fernán Gómez
Leonardo Sbaraglia y Fernando Fernán Gómez
«En la ciudad sin límites» (íd., España-Argentina, 2002; habl. en español). Dir.: A. Hernández. Int.: F.F. Gómez, L. Sbaraglia, G. Chaplin, A. Fernández, L. Bredice, A. Alcón y otros.

U no de los efectos secundarios del final del franquismo fue transformar cualquier drama de familia español en una metáfora política. En la mirada del espectador, las relaciones entre padres e hijos, hermanos y hermanas, se veían casi automáticamente como una forma de expresión subterránea de la ruina del régimen y se vaciaban de significado intrínseco, algo que a veces excedía las intenciones del artista.

Curiosamente, pese al tiempo transcurrido desde la muerte del Generalísimo y el fin de la censura en España, ese lastre dura hasta hoy; así, no faltó quien haya creído ver en este bello y emotivo film de Antonio Hernández, cuya première mundial ocurrió el año pasado en San Sebastián, simbologías similares a las que se detectaban en los Saura, los Berlanga y los Borau de los 70.

«En la ciudad sin límites»
, sin embargo, no ofrece ningún indicio que lleve a trasladar el significado de la relación entre el padre moribundo Max ( Fernando Fernán Gómez) y el hijo pródigo Víctor ( Leonardo Sbaraglia) a otro espacio que no sea el de los propios confines familiares. Se trata de un espacio íntimo, intransferible; un vínculo de descubrimiento recíproco y paulatino, a partir de la ruptura del silencio y las mentiras que rigieron, desde el principio, la constitución de esa familia.

El film de Hernández, en ese sentido, es deudor del género policial: se trata de la revelación de un enigma cuya naturaleza el espectador tarda un tiempo en percibir, y más tarde, cuando parece más definido, en aceptar. Max, que está muriendo de cáncer en una clínica de París, tiene una conducta huidiza y hostil hacia la mayor parte de su familia: su mujer Marie ( Geraldine Chaplin), sus hijos mayores Luis y Alberto, sus nueras Pilar y Carmen. El conocido «romance de lobos» junto al lecho de muerte del poderoso pater familiae. Sólo espera a Víctor, que vive en la Argentina con su novia Eileen ( Leticia Brédice), y cuya llegada parece tranquilizarlo. El será su cómplice.

En su agonía, menciona un nombre: Rancel, que hasta en la similaridad fonética con el Rantés de «Hombre mirando al sudeste» abre la eventual hipótesis de una salida fantástica. Es en ese aspecto donde Hernández hace más rica su película, gracias a la ambigüedad de la dirección que puede tomar el desenlace: la locura común, la fantasía o bien la resolución racional.

Sin embargo, su lentitud en plantear con mayor claridad el corazón del drama, distrayendo al espectador con intrigas secundarias que, por mejor actuadas que estén, no dejan de resultar accesorias (los escándalos conyugales de uno de los hijos, el conflicto amoroso de Víctor, etc.) exponen la película al riesgo real de que el interés también demore en llegar o directamente no llegue. Sería una lástima, porque la última media hora, en especial, tiene un vuelo dramático sorprendente.

La música es tan hermosa que, a veces, se toma un protagonismo excesivo. Entre los actores, sobresalen los protagonistas, al igual que
Ana Fernández y los cinco minutos en pantalla de Alfredo Alcón, estupendo. Finalmente, parece inevitable seguir acostumbrándose a ese lenguaje de aeropuerto internacional al que obligan hoy las coproducciones. Sbaraglia con acento castizo, Brédice porteño, españoles simulando ser franceses. Si antes se aceptaban los telones pintados, ¿por qué no tolerar hoy a un porteño diciendo «Vale»? De otra manera, no habría dinero para hacer estos films.

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