La tercera temporada y final de ¨El método Kominsky¨ es la mejor. Con seis capítulos de media hora, en sintonía con ¨After Life¨, de Ricky Gevais, es una comedia sobre la vejez, con personajes construidos a través de una mirada amable pero no por eso complaciente ni piadosa.
Un notable final para "El método Kominsky"
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El método Kominsky. Michael Douglas y Morgan Freeman.
Michael Douglas encarna al veterano actor de Hollywood que, al no triunfar durante su juventud, se convenció de que su destino era ser maestro de actuación. Desde su estudio formó generaciones de actores de renombre con su método. La ironía domina un relato por el que pasan funerales, enfermos en salas de internación, clases de teatro, consultas médicas y ceremonias de despedida, que en esta última temporada cabe al coprotagonista de las anteriores, Alan Arkin, representante y amigo de medio siglo de Sandy Kominsky (Douglas).
El mayor hallazgo es el tono de la serie que, sin caer en golpes bajos, se pregunta por el dolor, la muerte y el duelo. Sandy asegura que morir en escena, en una muerte desgarradora y lenta, es el sueño de todo actor. En ese discurrir para nada depresivo irrumpen giros en una trama dominada por las consecuencias de la muerte de Newlander, quien encomienda a Kominsky la tarea de dosificar su herencia entre la hija en rehabilitación de Norman y su nieto cultor de la cienciología.
En esta última temporada desembarca Kathleen Turner como la ex esposa de Douglas, lo que abre un juego de ficción dentro de la ficción. Sandy la tiene agendada como ¨Queen of pain¨ y desde su disgusto extremo al ver en pantalla ese llamado telefónico se deduce que el matrimonio entre ambos tuvo mucho de ¨La guerra de los Roses¨ que ambos protagonizaron en los ´80. Pero el tiempo, eje sobre el que tematiza la serie, sirve aquí para dotar de madurez a estos personajes. Pese a haberse odiado, logran reencontrarse desde un nuevo cariño y acaso para acompañarse en los últimos días.
Es posible pensar en los reales Douglas y Turner, sex symbols en los ´80, cuyas vidas públicas se vieron atravesadas por severas enfermedades y conflictos familiares. En la ficción ella encarna a Roz, una médica luchando secretamente contra la leucemia. Otro de los vectores de la serie tiene que ver con el trabajo y los sueños de los actores. Morgan Freeman hace de sí mismo como protagonista de una serie de médicos hablada en inclusivo y además profesor de actuación. Se ríen de los guionistas que ¨creen que se entiende lo que escriben¨ en tanto disputa con Douglas a ver quién de los dos utiliza más redes sociales, aunque ninguno sepa bien cómo funcionan. Se marca con humor el contraste entre la generación actual, suceptible y cuidadosa de no ofender a las minorías, que por tanto pensar cómo nombrar las cosas, no habla.
Lo mejor llega cuando Sandy recibe un llamado de Barry Levinson (director de ¨Rainman¨, ¨Buenos días Vietnam¨) para protagonizar otro guiño a la edad y el paso del tiempo: una versión de ¨El viejo y el mar¨ de Heminway. La escena en la que Levinson y Douglas conversan en el box rojo del restaurant, recordando viejas anécdotas de los ´60 y evocando los efectos especiales del film con Spencer Tracy ¨eran malísimos pero igual me gustó mucho esa versión¨, justifica todo.
El trabajo de Douglas en esa escena, capaz de conjugar la dicha con la emoción de ser convocado, es el epítome de su trabajo en la serie. Y cada vez que vea el gran afiche anunciando el inminente estreno de la película confesará que, a los 75 años, no se siente preparado para que un sueño se le haga realidad. Y se resignará a no ganar el mayor premio de la Academia porque la película se lanzará en streaming y no es elegible a un Oscar.
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