Drácula: una relectura que se pierde en sus propias sombras

Espectáculos

Una de las apuestas de Netflix (coproducida por la BBC) para arrancar este 2020. Disponible en la plataforma para toda Latinoamérica.

Sin dudas el mito del vampiro, y sobre todo del conde Drácula, ha resultado atractivo para diferentes generaciones, desde la publicación original de Bram Stoker en 1897 en formato literario, a un sin fin de posteriores adaptaciones fílmicas. No solo dentro del género de terror, si no también comedias, cine de aventura, y hasta películas infantiles.

Algunos ejemplos destacables dentro de la basta filmografía que cuenta la historia del vampiro más famoso son: la alemana Nosferatu de 1922, de Friedrich Wilhelm Murnau (a pesar de no contar con los derechos de la novela logró convertirse en una cinta de culto), la recordada saga de finales de los cincuenta realizada por la Hammer Productions donde el mítico Cristopher Lee encarnaba al conde, y el largometraje de Francis Ford Coppola de 1992 Drácula, de Bram Stoker.

Netflix, en asociación con la BBC, hace una apuesta sin demasiados riesgos a la hora de producir una nueva mirada a la historia del nacido en Transilvania, esta vez de la mano de Mark Gatiss y Steven Moffat, creadores de Sherlock. El enfoque actual, con su dosis de humor justo, que lograron darle con éxito al personaje de Sir Arthur Conan Doyle esta vez no encuentra el equilibrio necesario, dejando un material que no logra cubrir las expectativas.

Drácula es una miniserie de apenas tres episodios, cada uno tiene una duración aproximada de una hora y media, algo que puede resultar excesivo respecto a lo que usualmente duran este tipo de contenidos, pero que gracias a su estilo narrativo funciona a modo de una historia en tres actos.

Drácula - Tráiler final - Netflix.mp4

Sorprende gratamente la interpretación de Claes Bang (The Square) como el conde Drácula. El actor danés cumple con creces, logrando apoderarse de cada escena y, es cuando la cámara se aleja de él para hacer avanzar la trama, donde todo decae notablemente. La contraparte en esta historia como siempre lleva el apellido Van Helsing. La diferencia sustancial con la historia conocida radica en el cambio al género femenino del personaje (un enfoque ya dado en la serie Van Helsing de 2013). Dolly Wells interpreta a Agatha Van Helsing, una monja con reminiscencias al ya mencionado Sherlock Holmes, que busca impedir los planes del conde: trasladar su voraz apetito a Londres. Es cuando quedan frente a frente Drácula y la hermana Agatha donde se dan los pasajes más logrados de la historia.

Drácula intenta ser arriesgada, juega con un atinado humor y diálogos mordaces en su primera parte, pero a medida que la trama avanza, los giros y propuestas que ofrece la van tornando apresurada en cuestiones que requerían mayor atención. Se distrae en subtramas flojas, aparecen personajes que finalmente descarta sin mayores explicaciones. Todo lo bueno mostrado en su primer capítulo, es echado por la borda promediando el segundo, dando un episodio final que por momentos roza lo absurdo y que si se tiene en cuenta lo mostrado a lo largo de la historia no queda ajeno a ciertas contradicciones propias.

Si bien el mito lo vale, y la primera parte es bastante interesante seguramente recordemos a este Drácula más por lo que quiso y pudo ser que por lo que es: una obra destacada, con momentos de excelencia, que otras veces decae tanto que parece ser una producción cercana al cine clase B.

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