20 de agosto 2004 - 00:00

Sessa revela otra Buenos Aires

El puerto visto a través de la cámara de Aldo Sessa en su nuevo libro «Luces y sombras de Buenos Aires», registro fiel y a la vez poético de la ciudad de un admirador apasionado.
El puerto visto a través de la cámara de Aldo Sessa en su nuevo libro «Luces y sombras de Buenos Aires», registro fiel y a la vez poético de la ciudad de un admirador apasionado.
Suman alrededor de treinta los libros que Aldo Sessa (1939) le ha dedicado a la Argentina, principalmente a Buenos Aires. Desde «Letra e Imagen de Buenos Aires» (1977) hasta el recientemente publicado «Luces y Sombras de Buenos Aires», en el que rinde homenaje a Manuel Mugica Láinez, este verdadero maestro de la fotografía cuyas exposiciones concitan récords de visitantes, nos reconcilia con una ciudad por la que casi no paseamos.

Degradada, invadida por aquellos que saquean sus bronces, por los que estampan graffiti en paredes recién blanqueadas, por los que habitan en árboles señeros, por los que han tomado esquinas y tramos de avenidas que van en camino de convertirse en verdaderos basurales sin que nadie se atreva a impedirlo, ¿cuál es la Buenos Aires de Aldo Sessa?, ¿con qué mirada la rescata de nuestro escepticismo respecto de su futuro?. Con la del amor y el apasionamiento. No otra es la actitud con la que se detiene ante lo que todavía no podrá ser destruido fácilmente: las cúpulas y los contrastes edilicios que las rodean, escalinatas, interiores de cafés, la alegría de un «picado» en La Boca, la nostalgia de una peluquería masculina de San Telmo que todavía se resiste al reciclado, la imbatible pirámide de la Plaza de Mayo u otros monumentos que lucen fantasmales a la madrugada, y rincones no visibles a la mirada profana.

• Contrapunto

Sessa hace magia en el contrapunto entre luces y sombras, en la composición, encuentra ángulos arquitectónicos arriesgados, sabe cómo mostrar la opulencia del Colón y ha registrado instantes inolvidables de artistas que por allí pasaron. Sessa no tiene nada que ver con lo que actualmente se denomina postfotografía o fotografía conceptual; su interés sigue siendo el registro y la documentación fiel, tampoco hace la distinción entre «fotografía es fotografía» y «arte es arte», porque si bien está formado dentro de la tradición fotográfica, la suya, además de autoral, es la de un artista « contaminado» por lo poético.

En muchas ocasiones y ante pinturas en las que hay un impoluto mantel blanco con los infaltables pliegues, frutas, cuencos de cerámica, panes, a la manera de los bodegones a lo Murillo, Meléndez o Zurbarán, y si bien respetamos la libertad del que lo realiza, no pueden ser consideradas sino como meras imitaciones aunque estén pintadas con destreza. En los tiempos de esos artistas, esas imitaciones de la naturaleza tenían intención decorativa y, en algunos casos, eran depositarias de secretos significativos, por ejemplo, religiosos. Pero Martín La Rosa (Buenos Aires, 1972), encontró una vuelta de tuerca para sus pliegues, frutas, cuencos, vidrios, muebles. Pintados con excelencia pero sin vanidad, están allí, suavemente instalados, modestos, frágiles, con sus reflejos y brillos.

La composición es quieta, aun la del hombre que mira hacia la «cámara» apoyado en un rincón del mueble, la figura oscura iluminada por imperceptiblesy diferentes blancos o aquél, que a la manera de una naturaleza muerta, descansa a lo largo de una mesa cubierta por un lienzo. «La Ausencia», «El Tiempo que Pasa», « Descanso», «Tarde de Domingo», «La Siesta», «Las Horas del Día», títulos todos que enfatizan el silencio que La Rosa impone a sus óleos y en el que, imaginamos, los pinta.

Este joven artista no pretende impresionar con ningún despliegue pictórico y a pesar del carácter ficcional de toda pintura, todo parece darse naturalmente. La atmósfera es de calma y de atenta espera, envolvente en su transparencia. Praxis (Arenales 1311). Clausura el 11 de septiembre.

Muy escasamente se presenta en Buenos Aires alguna manifestación de Arte Africano. Recordamos una muestra que reunió 161 piezas de la Colección Campomar realizada en el Centro Cultural Borges en 1991. Nuevamente algunas piezas de esta Colección pueden verse en una de sus salas, esta vez acompañadas por obras de artistas argentinos contemporáneos. Figuras funerarias en piedra, bronces de Tikar, fetiches y figuras de madera de la tribu Dragon, esculturas Jiwara, Burkina Faso, máscaras Fang, Guere, Ungura Mali, señalan algunas de las variedades de estilos que se utilizaron y aún se utilizan en ceremonias rituales, de iniciación, de culto de la fertilidad o aquellas que aluden a los actos de la vida cotidiana.

Este arte, casi imposible de clasificar dado el número de tribus que conforman una multitud de universos cerrados que, como lo señaló
William Fagg en «Tribus y Formas en el Arte Africano», además de otros medios servía para expresar su solidaridad interna, su autosuficiencia y sus diferencias. Como es sabido, ejerció gran influencia en pintores y escultores famosos del siglo XX que lo citan como ejemplo del sentido agudo de la realidad, el sentimiento del dibujo y comprensión de la proporción, por no mencionar la proliferación de formas escultóricas.

Los artistas convocados,
Eduardo Mc Entyre, Leo Vinci, Miguel Angel Batalla, Ernesto Monteiro, Inés Bancalari, María Grazia Fill, curadora de la muestra que se recorre con interés a través de xilografías, óleos, tallas, técnicas mixtas, dibujos realizados en distintos momentos de su labor artística, se acercan, como puede hacerlo un occidental, a la magia, hechizo y misterio de este arte ancestral de pueblos actualmente diezmados que sufren un terrible proceso de desculturización. «El Arte Africano en Enfoques Argentinos» clausura el 5 de septiembre.

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