6 de octubre 1999 - 00:00
"SEXTO SENTIDO"
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La comedia de Disney + donde pedir una pizza se convierte en una aventura absurda
pero si prefiere leerla después de ir al cine, mejor. Es difícil escribir sobre esta película, y en especial sobre su guión ejemplar, sin rozar algunos de sus misterios).
Su director y libretista es un descendiente de hindúes llamado N. Night Shyamala n, tiene sólo 28 años, escasa experiencia en los sets, una cultura en la que se mezclan las tradiciones religiosas de sus ancestros con la literatura gótica y de fantasmas occidental, y no sólo logró que su segundo largometraje lleve como estrella a Bruce Willis
sino también que provoque, en muchos de sus espectadores lo que es más importante, el deseo de volver a verlo.
•Construcción
Después de conocer el desenlace (quizás algunos se jacten de haberlo sospechado, aunque en realidad no hay uno sino una serie de sucesivos desenlaces) es casi natural preguntarse: ¿pero encaja todo, no hay errores? Sí, encaja, y no hay errores. Esta
sensación resulta de que el film ha jugado en todo momento con la mirada del espectador: ya no sólo como lo haría un test de percepción sino, en especial, avasallando las convenciones propias del cine a las que está habituado el público. Sus armas van más allá del simple «trompel'oeil» (el truco visual) y se reconocen
en la distorsión de algunos de los procedimientos habituales con los que el cine
cuenta una historia, y que comprometen
más que la mirada. Sería muy interesante ahondar sobre la forma que encuentra la película para burlar esa percepción pero, para hacerlo, hay que mostrar el juego, y eso
sería imperdonable. Sí puede añadirse que esta película no tiene nada que ver con la habitual estructura de caja china, de la «revelación tras revelación» cuyo único fin es divertirse engañando al espectador; por el contrario, su misterio está en función de una historia extraordinaria, que vincula a dos personajes a la manera que sólo los grandes directores han hecho antes. Para ello, se apoya en una forma que sólo tiene de hollywoodense lo explícito. En «El sexto sentido», Willis (cuando tiene que actuar, sabe hacerlo) es un psicólogo infantil especializado en casos agudos y acostumbrado al éxito, con la excepción de un paciente que se lo hará ver de manera traumática.
El de este paciente, a quien Willis atendió de niño, no es un caso fácil de asimilar; por eso, al cabo de un año, cuando el psicólogo entre en contacto con otro chico de complejo diagnóstico, con muchos rasgos en común con el anterior, el desafío por
curarlo se le va a convertir en algo vital. El chico es Haley Joel Osment, tiene 11 años, y se merece el Oscar: pocos actores, chicos o adultos, transmiten con tanta intensidad y verosimilitud un papel; en su caso, el del estudiante inadaptado que vive con su madre divorciada, y a quien aterroriza, además, un don sobrenatural, su condición de «medium». El chico dice que ve personas muertas, que esos fantasmas lo aterrorizan, y que el miedo le impide vivir. Willis reconoce, en esos temores, los mismos rasgos clínicos de su paciente anterior, y a riesgo de comprometer su vida privada, en especial la relación con su mujer que siempre le reprocha descuidarla a ella por su carrera, se propone esta vez curar al pequeño nuevo paciente, a quien todos consideran un «freak», un raro, un inadaptado.
•Originalidad
En lo que de más genérico tiene (una historia de fantasmas), «El sexto sentido» también avanza por una dirección más atractiva que la convencional, y eso también alivia. En la mayor parte de las películas sólo el protagonista ve lo sobrenatural,
pero nadie le cree y lo toman por loco. Aunque más no sea por el procedimiento terapéutico planteado por el argumento, el hecho de que el coprotagonista comparta
o simule compartir ese punto de vista también es novedoso. Además de ambos protagonistas (aunque si hay que elegir uno solo, seguro que no sería Willi s), la película también tiene en la madre, Toni Collett e, una intérprete maravillosa, más aún cuando se la recuerda con esos kilos de más y ese papel tan distinto que tuvo en «El casamiento de Muriel».



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