13 de febrero 2001 - 00:00
"Si puedo hacer deportes, no me importa la vejez"
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Robert Redford.
A los 63 años, con cuatro nietos y cuarenta años después de iniciar su sin igual carrera en el cine, Redford es y se siente todavía un hombre joven. Entre risas, este ex mormón de actuales creencias budistas, revela que «el secreto que me mantiene vivo y alerta es el sentimiento de culpa y una curiosidad insaciable, dos sensaciones muy catárticas». También dirigir a actores jóvenes -Matt Damon, Will Smith y Charlize Theron-, protagonistas de «La leyenda de Bagger Vance», película sobre un torneo de golf de dimensiones mitológicas ubicado en la Norteamérica de los años 30, tras el trauma de la Depresión. Precisamente el momento en el que él nació en la California más conservadora, el 18 de agosto de 1937.
Tras la muerte de su madre, se matriculó primero en Derecho y después en Arte, en la Universidad de Colorado. Lo dejó todo en 1956 y se lanzó en Europa a una vida de bohemia y privaciones, en busca de su potencial artístico. Por sus palabras, se deduce la importancia que concede a aquella etapa decisiva en la formación en su conciencia artística, social y política.
Recién llegado de Marruecos -donde filma «The Spy Game» junto a Brad Pitt-, Alemania se volvió su segunda casa; no sólo porque, desde hace 3 años, mantiene una relación sentimental con la pintora abstracta Sybille Billie Szaggars, sino también porque negocia una coproducción germano-estadounidense desde su compañía Wildwood Enterprises sobre los años de estudiante de Ernesto Che Guevara, «The Motorcycle Years».
Metamorfosis
¿Por qué este personaje en un tiempo de desidia política? «No será una película política, como 'Todos los hombres del presidente' no lo fue sobre Nixon. Lo que más me interesa de los seres humanos es su transformación. Y particularmente cuando esa metamorfosis alcanza la personalidad de un activista extremo. El camino de autodescubrimiento del Che es fascinante. Fue un hombre muy inteligente que quería ser médico y acabó convirtiéndose en el ícono que todos conocemos.
Y lo que más me gusta de la historia es que viaja en una moto (risas).» Redford se confiesa fanático de las motos, de la equitación (cría y doma caballos en su rancho de Utah desde hace tres décadas), el andinismo y el esquí, más allá de la edad.
«Es curioso, jamás me había preocupado la edad hasta que me empezaron a preguntar por esta cuestión hace dos años. Ya iba siendo hora... (risas). Me resultó interesante porque no lo veo como un problema, ni siquiera con las mujeres. Hay casos muy patéticos en mi país. Es tan triste ver a todas esas damas del espectáculo con los rostros como clonados en el mismo tubo de ensayo... todos similares, carentes de la más mínima expresión. En mi país la esclavitud de la apariencia para las mujeres es un drama. Para mí, la belleza de una mujer está precisamente en su edad, en la expresión de experiencia y vida que se acuña en su rostro. No tengo problema en envejecer mientras mi cuerpo me permita disfrutar del deporte. Mi ego se alimenta por ahí.»
Sabe que, aunque ya es un abuelo sesentón de cuatro criaturas entre los 4 y los 9 años, sigue siendo considerado un sex symbol. «Bueno, ser considerado un símbolo sexual me gusta. ¡A mí el sexo me parece estupendo!»
Redford, que pronto protagonizará «The Castle», un drama penitenciario y militar frente a James Soprano Gandolfini, se sabe ícono de la cultura popular norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. Nadie como él ha redefinido los perfiles del periodista de investigación, el defensor de los marginados, el héroe solitario, el cowboy contemporáneo, el opositor a la cultura corporativa, el atleta y el cineasta independiente, todo ello en películas serias e inteligentes. Invitado a hacer balance, quiere ser recordado por toda su obra, tanto delante como detrás de la cámara. Y sobre todo, como quien desde el Instituto y Festival de Sundance se ocupó de «descubrir nuevas voces y proteger visiones originales en el cine».


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