22 de agosto 2001 - 00:00
"Siento que podría matar por una frase brillante"
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Ken Follet.
P.: Estamos en Miami a 38 grados a la sombra. ¿Por qué lleva un «blazer» azul oscuro con corbata, alfiler y gemelos?
K.F.: Mi asesor de imagen me recomienda llevar traje azul y corbata. Antes me gustaba el marrón, pero daba a mi piel un tono enfermizo.
P.: ¿También usó ese atuendo cuando fue a Disneyworld?
K.F.: Aquí estoy presentando mi libro, luego trabajando, luego traje. Ayer no llevaba.
P.: ¿No es esnobismo?
K.F.: Si lo es, no importa. Ser esnob es el gran pecado inglés. Por otra parte, ustedes los latinos son esnobs al escribir: se enloquecen por darse importancia. Escriben para que todos vean lo bien que saben hacerlo. Y lo listos que son. Claro, luego, excepto un par de genios, a la mayoría no hay manera de leerlos.
P.: No diría que los ingleses son maestros de humildad.
K.F.: Reservamos nuestro esnobismo para la conversación. Ser «witty» (ingenioso) al hablar es lo primero. Yo mataría por una frase brillante en el momento exacto. En cambio, el texto escrito debe ser transparente y eficaz. Lo ponemos al servicio de la historia. Si el autor desaparece, mejor. Se consigue más eficacia narrativa.
P.: ¿Cómo entró en esto de escribir bestsellers?
K.F.: Me licencié en Filosofía con matrícula de honor y entré de redactor de sucesos en un diario sensacionalista: «The Evening News».
P.: Curiosa trayectoria.
K.F.: ¡Ja! ¡Lo mismo dijo mi editor! Y algunos de mis amigos.
P.: ¿Tiene amigos escritores?
K.F.: En Londres, mi mejor amigo es Hanif Kureishi, que seguro conoce por uno de los libros que le llevaron al cine, «Ropa limpia, negocios sucios». Me veo seguido con Frederick Forsyth, Jeffrey Archer y Ruth Rendell. En los Estados Unidos está mi vieja amiga Erica Jong...
P.: ¿Hizo muchas entrevistas para los diarios en que trabajó?
K.F.: Sí. Y le aseguro que es mucho mejor ser el entrevistado. Recuerdo la que le hice a Stevie Wonder, un tipo estupendo. También a Led Zeppeling. Y cubrí muchos sucesos con Scotland Yard: policiales, juicios, incendios...
P.: ¿Qué aprendió?
K.F.: La vida son historias, y el periodismo, historias bien contadas en cien líneas. La novela, lo mismo en 300 páginas. Desde que cubrí mi primer suceso, no he hecho otra cosa.
P.: ¿Cómo pasó a la novela?
K.F.: Mi mujer quedó embarazada, y se me estropeó el coche. Otro periodista me dijo que se podían ganar 200 libras escribiendo relatos. Escribí diez de esas novelas rápidas antes de acertar con...
P.: «El ojo de la aguja».
K.F.: Esa novela me hizo rico y famoso. Luego vinieron las restantes, las que me hicieron multimillonario. El problema ahora es que me estoy quedando sin causas por las que luchar, y eso es una tragedia para alguien como yo, que debe quedarse en casa escribiendo.
P.: Eso a usted le gusta.
K.F.: Prefiero ir a tomar el té y a divertirme con mis amigos que encerrarme frente a la computadora. No es un placer estar allí enclaustrado. Es mucho más fácil motivarse para escribir cuando se tiene que pagar los pañales del hijo, como me sucedía a mí al principio, que para cambiar de casa en la Costa Azul.
P.: ¿Cuál es su ambición literaria?
K.F.: Creo que me costará escribir algo mejor que «Los pilares de la tierra». Es una gran novela popular que me sobrevivirá.
P.: ¿No quiere más dinero, fama?
K.F.: Nunca sobran, pero creo que he hecho los deberes en esta vida. Quería esa gran novela y la escribí, quería hijos y los tuve, y los he visto crecer, y ahora ya hacen su vida.
P.: ¿Siente que pagó por su fama?
K.F.: Supongo que la necesidad de escribir bajo presión es el precio que pagamos los escritores a plazo fijo y más si hemos sido periodistas. Cuando nos falta la motivación y no nos da miedo el plazo de entrega, nos cuesta sacrificarnos por el trabajo.
P.: ¿Qué necesita para arrancar?
K.F.: Supongo que si no escribiera otro libro nuevo, nadie querría entrevistarme.
P.: ¿Y la vanidad?
K.F.: Es una excelente nafta. Y de ésa nunca nos falta.




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