«Sinbad. La leyenda de los siete mares» (Sinbad. Legend of the Seven Seas, EE.UU., 2003, dobl. al español). Dir.: T. Jonson & P. Gilmore. Guión: J. Logan. Dibujos animados.
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A veces, pese a la mucha propaganda, los autores de dibujos animados de Dreamworks Pictures no parecen esmerarse lo suficiente. Después de transformar «El hombre que sería rey» en una jocosa versión de la conquista española, «El camino hacia El Dorado», prácticamente el mismo equipo tomó por asalto «Sinbad y la princesa» y... no aprovechó casi nada. Lo que presentan apenas sirve para pasar el rato, e incluso tiene su partecita de vértigo, pero carece, francamente, de momentos que pudieran llamarse imperdibles, y ni hablemos de una personalidad propia. En dos meses cualquier espectador se la confunde con otra, como puede confundir las fisonomías de sus personajes con las de otros productos anteriores.
La historia es simple: un ladrón marino desafía a una diosa llena de trampas, con tal de salvar a un amigo, al que, de todos modos, le robará la novia. Coherentemente, la película también roba de unas cuantas partes. Así sale una mescolanza hollywoodense, toda una tradición al fin y al cabo, que mezcla la leyenda griega de Damon y Pitias, dos marineros chinos, un acróbata italiano (los tres, poco aprove
chados), Tracia, Tartaria, Siracusa y las islas Fidji, un mastín ingles, el pez-isla y el ave Roc (pero esta ultima sin los esqueletos guerreros ni el cíclope de la vieja «Simbad...», tan vieja que todavía se imponía la eme antes de la be, pero sin dudas mucho más duradera que la que ahora vemos).
Puede apuntarse que el protagonista luce como un pícaro mexicano con ojos de Brad Pitt (su doblador en la versión original), la chica es como una versión lavada y más flexible de la capitana de «La isla del tesoro», y el perro parece articulado, aunque es, de lejos, lo mejor de la cinta, junto a las perversas sirenas que surgen en cierta parte, y la diosa del caos, la juguetona Eris, con facciones de «mala de la UFA», cabellera ondulante y piernas evanescentes, que en cierto momento, erigida en esfinge, hace una pregunta tan inteligente que parece de otra película. Elogios también, para el coloreado de azul noche y verde mármol de la ciudad de Siracusa, y rechiflas para las olas hechas por computación, que no convencen. P.S.
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