14 de agosto 2001 - 00:00
Sobrevivir en España, con la mirada de un argentino
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Enrique Gabriel
Periodista: ¿De qué trata exactamente su película?
Enrique Gabriel: Creo que es un ensayo burlón acerca de cómo mantenerse digno y no perder la elegancia ante lo que todos sabemos. Para mi personaje, el subsidio a la desocupación es un atentado a su dignidad de trabajador. El realmente quiere trabajar. También es un llamado para que no se fomente en exceso el racismo, y un ensayo acerca de la solidaridad, palabra de moda en la ONG, que hoy no deja de ser una escarapela para lucir en los salones chic.
P.: ¿Qué lo llevó a este tema?
P.: ¿Cómo reaccionó el público español?
E.G.: Tuve suerte, al público le gustó mucho, y además nadie me dijo: «Qué dice acá este argentino, váyase a ver los problemas de su país, que bien que los tienen». Lo irónico es que yo no me siento autorizado a filmar en la Argentina. Ya estoy insertado en España, que es un país más ordenado, tengo la nacionalidad, pago mis impuestos, aunque reconozco que es una batalla diaria. En el fondo, no dejo de ser un mono con cuatro colas, un tipo raro, máxime por el modo en que está evolucionando la industria del cine español, en torno a unos pocos grupos fuertes.
P.: ¿Cómo han sido su vida y su carrera?
E.G.: En la Argentina me sentía europeo, como muchos (eso quizá contribuyó a que Imagínese, llegar al lugar de rodaje, con el cámara, con los actores maquillados (Héctor Alterio y Federico Luppi) para la escena de la biblioteca, y resulta que no hay decorado, porque dicen que no hay plata para alquilar libros. ¡Fue el utilero, con su propia camioneta, a alquilarlos en una tienda de utilería, pagándolos de su propio sueldecito! «Esto no me hace ningún productor, yo tengo mi orgullo profesional», decía el tipo. Ojalá pudiera hacer una dupla como la de Alberto Lecchi-Luis Sartor, pero es difícil. Por suerte, también hay otra clase de gente. Por ejemplo, Sergi Calleja, muy buen actor, que se vino acá atrás de una marplatense. O Magalis Gainza, primera bailarina del Tropicana, que para filmar «En la puta calle» me dijo que ya había hecho varias películas en Cuba, y no le pregunté cuáles, porque comprendí que no había hecho ninguna, pero apenas empezó la prueba, ¡qué buena actriz que era!
P.: ¿Y en qué anda usted ahora?
P.: ¿Y después?
P.: ¿Y el proyecto suyo?
P.: Puestos a comparar, ¿cree que «En la puta calle» puede asociarse con algunas películas de Ken Loach?
E.G.: Me sentiría muy honrado si se hiciera ese parangón. Desde luego, él es un referente clarísimo. Lo que puedo decir, porque otros lo dicen, es que mi película contribuyó a impulsar una renovación temática en el cine español de los noventa, que en ese momento estaba reducido a historias de chicos ricos, todos en coches descapotables y lofts de estilo americano, con diez o 20.000 pesetas para emborracharse o tomar sus drogas los fines de semana. Lo mío es otra cosa, como bien puede verse.




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