22 de agosto 2001 - 00:00

"Soy un intuitivo. Jamás estudié cine"

José Luis Garci.
José Luis Garci.
"Es un film sobre la posguerra, sin rencor, sin mala leche. Lo único que puede alterar el pasado es el perdón. Aunque, como decía alguno, lo más difícil en la vida es ser buena persona." Así explica José Luis Garci el sentido de «You're the One (Una historia de entonces)», que se estrena mañana. Su intención: seguir «ese caudal de emociones atravesado por la melancolía» de sus autores favoritos. «Eso hace bien donde sea, y uno sale sintiéndose mejor persona.»

En conferencia de prensa con la actriz Ana Fernández (la de «Solas»), Garci habló de fútbol y del Oscar. En un aparte con este diario, habló también de su oficio y de su vida. Ante todo, un resumen de la conferencia.

El fútbol: «El momento más grande, el de Brasil '58, coincidió con el fin del cine clásico. Había alegría de jugar, y las cámaras tomaban todo en plano medio, o general, como las películas de John Ford. Hoy las cámaras te confunden con veinte puntos distintos de vista, tipo Nouvelle Vague, y luego, el gran error del público, de gritarle al árbitro. ¡El juez de línea es el que te jode!»

El Oscar: «Lo gané con 'Volver a empezar', porque tuve suerte. Pero ante 'Canción de cuna', 'El abuelo' y 'Una historia...', había mejores o más favoritas. Me criticaron, sí, que la protagonista de 'Una historia...' fuma mucho. Pero era así, en la posguerra española la gente fumaba mucho, y bebía anís, y además, de todos modos, en los cementerios hay más muertos no fumadores que fumadores.»

«Aparte de eso, siempre que voy a Hollywood, me detienen. Será por mi pinta de sospechoso o por mi inglés del Mongo Institute, y peor cuando digo que soy director de cine. Pero ahí, entre las casas de mis héroes de infancia y tantos coches de colores, imaginé un coche de época y una rubia tipo Lana Turner. ¿Adónde va? Está huyendo. Me encantan esas películas que empiezan con alguien huyendo. Va a su infancia. Y allí, ¿qué va a encontrar? Ese es el germen de 'Una historia...'. Aunque la hice en blanco y negro, porque a España el color recién llegó con 'Niágara', y ahí descubrimos dos maravillas juntas: las cataratas y Marilyn Monroe

Una vida

Periodista: A más de dirigir, usted tiene una revista y un programa de TV dedicados al cine. ¿Cómo se define?

José Luis Garci: He visto 25.000 películas y sólo hice 25. Por tanto, soy más cinéfilo que cineasta. Empecé como crítico, a golpes de intuición. Durante diez años, también escribí guiones (incluso, gané un Emmy) para otros, hasta que me arriesgué con «Asignatura pendiente». Nunca fui a una escuela de cine.

P.: Cuando uno carece de experiencia, dicen que su primera película se la hace el ayu-dante de dirección...

J.L.G.: En todo caso, el verdadero ayudante sería el cameraman, que es quien compone el cuadro, y es tu primer espectador. Como no tenga buen gusto, estás muerto. Yo llevo con mi cameraman y mi coguionista 22 años, y 25 con el montajista.

P.: ¿Cómo desarrolla una película?

J.L.G.: Intercambio borradores con el coguionista, hasta que sale algo. Cito a los actores, les leo, les indico las pausas, y a partir de ahí, ellos elaboran sus personajes, y yo quedo abierto a sugerencias. La escena final de «Una historia...», por ejemplo, la escribí el día anterior al rodaje. Ruedo pocas horas diarias, casi siempre en Asturias, la tierra de mi padre, donde casi siempre llueve, y hay una claridad muy luminosa. Casi siempre, tomas únicas, ya que hacemos mucho ensayo previo. Nunca digo «¡acción!», sino «cuando quieras», porque esto es como el que va a nadar. Cuando le viene la ola buena, quien mejor lo sabe es el actor. Por otra parte, detesto eso de «¡acción! te quiero ¡corte!» que se nota en tantas películas. Y amo el montaje, como el cernidor donde sólo deben quedar las pepitas de oro, con las que podrás hacer una alhaja, o no.

P.: ¿El de tomas únicas no es un método muy riesgoso?

J.L.G.: Riesgos hay siempre. Lo importante es que sea un rodaje bueno, distendido, y que el final, si es posible, sea tan grato como esa navidad que cada uno recuerda dentro suyo. Joder, y siempre piensas que es la última película que haces.

P.: ¿Cómo eran las navidades de su infancia?

J.L.G.: En esos años, había mucho frío, y en las casas había más silencio. Los mayores estaban hablando, y se callaban apenas entraban los niños. Nunca sabíamos de qué estarían hablando. Entonces, cada uno tenía sus razones, como diría Jean Renoir, y de los maquis y tantas otras cosas nadie hablaba. En Navidad, la gente quería divertirse a toda costa, y veías las ventanas abiertas, escarchadas. Pero siempre faltaba alguien, que había muerto o emigrado, o estaba en la cárcel...

P.: ¿Cómo fue su infancia?

J.L.G.:
Feliz, con juegos, revistas, figuritas y una sensación de estabilidad en el hogar. Tuve mucha suerte, porque fui a un colegio mixto (había muy pocos en España), de dos maestros, en una callecita perdida. Barato, buena enseñanza, humanidades, latín, mucha literatura, nada que ver con el régimen, aunque gimnasia la daba un hombre de la Falange. Y como me aburría ir a misa, a los 12 años dejé de ir, sin que mis padres me dijeran nada. Conservé siempre, eso sí, mucho respeto por las religiones y por los religiosos, aunque ahora me reprochan que haya puesto un cura borracho, que le dice al niño que haga lo que quiera.

P.: Cuéntenos de su cielo particular.

J.L.G.: Ahí están Ford (el Shakespeare del cine), Hitchcock, Hawks, Wyler; pero mi favorito es Leo McCarey, el de «Algo para recordar», el cineasta de la emoción, un hombre con un gran sentido del respeto. Siempre ponía la cámara donde no molestara. Ves bien lo que pasa, pero no te inmiscuyes entre los personajes. McCarey creía en las personas, en el amor, en la vida. Y tú salías de ver sus películas, como sales de ver las obras de Chejov, sintiéndote mejor persona. Eso me gustaría lograr con mis películas. Otros quieren estar arriba de todos. Es estúpido. Arriba estás solo, sopla el viento, y sólo hay un cartel de propaganda.

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