22 de agosto 2001 - 00:00
"Soy un intuitivo. Jamás estudié cine"
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José Luis Garci.
Periodista: A más de dirigir, usted tiene una revista y un programa de TV dedicados al cine. ¿Cómo se define?
José Luis Garci: He visto 25.000 películas y sólo hice 25. Por tanto, soy más cinéfilo que cineasta. Empecé como crítico, a golpes de intuición. Durante diez años, también escribí guiones (incluso, gané un Emmy) para otros, hasta que me arriesgué con «Asignatura pendiente». Nunca fui a una escuela de cine.
P.: Cuando uno carece de experiencia, dicen que su primera película se la hace el ayu-dante de dirección...
J.L.G.: En todo caso, el verdadero ayudante sería el cameraman, que es quien compone el cuadro, y es tu primer espectador. Como no tenga buen gusto, estás muerto. Yo llevo con mi cameraman y mi coguionista 22 años, y 25 con el montajista.
P.: ¿Cómo desarrolla una película?
J.L.G.: Intercambio borradores con el coguionista, hasta que sale algo. Cito a los actores, les leo, les indico las pausas, y a partir de ahí, ellos elaboran sus personajes, y yo quedo abierto a sugerencias. La escena final de «Una historia...», por ejemplo, la escribí el día anterior al rodaje. Ruedo pocas horas diarias, casi siempre en Asturias, la tierra de mi padre, donde casi siempre llueve, y hay una claridad muy luminosa. Casi siempre, tomas únicas, ya que hacemos mucho ensayo previo. Nunca digo «¡acción!», sino «cuando quieras», porque esto es como el que va a nadar. Cuando le viene la ola buena, quien mejor lo sabe es el actor. Por otra parte, detesto eso de «¡acción! te quiero ¡corte!» que se nota en tantas películas. Y amo el montaje, como el cernidor donde sólo deben quedar las pepitas de oro, con las que podrás hacer una alhaja, o no.
P.: ¿El de tomas únicas no es un método muy riesgoso?
J.L.G.: Riesgos hay siempre. Lo importante es que sea un rodaje bueno, distendido, y que el final, si es posible, sea tan grato como esa navidad que cada uno recuerda dentro suyo. Joder, y siempre piensas que es la última película que haces.
P.: ¿Cómo eran las navidades de su infancia?
J.L.G.: En esos años, había mucho frío, y en las casas había más silencio. Los mayores estaban hablando, y se callaban apenas entraban los niños. Nunca sabíamos de qué estarían hablando. Entonces, cada uno tenía sus razones, como diría Jean Renoir, y de los maquis y tantas otras cosas nadie hablaba. En Navidad, la gente quería divertirse a toda costa, y veías las ventanas abiertas, escarchadas. Pero siempre faltaba alguien, que había muerto o emigrado, o estaba en la cárcel...
P.: ¿Cómo fue su infancia?
J.L.G.: Feliz, con juegos, revistas, figuritas y una sensación de estabilidad en el hogar. Tuve mucha suerte, porque fui a un colegio mixto (había muy pocos en España), de dos maestros, en una callecita perdida. Barato, buena enseñanza, humanidades, latín, mucha literatura, nada que ver con el régimen, aunque gimnasia la daba un hombre de la Falange. Y como me aburría ir a misa, a los 12 años dejé de ir, sin que mis padres me dijeran nada. Conservé siempre, eso sí, mucho respeto por las religiones y por los religiosos, aunque ahora me reprochan que haya puesto un cura borracho, que le dice al niño que haga lo que quiera.
P.: Cuéntenos de su cielo particular.
J.L.G.: Ahí están Ford (el Shakespeare del cine), Hitchcock, Hawks, Wyler; pero mi favorito es Leo McCarey, el de «Algo para recordar», el cineasta de la emoción, un hombre con un gran sentido del respeto. Siempre ponía la cámara donde no molestara. Ves bien lo que pasa, pero no te inmiscuyes entre los personajes. McCarey creía en las personas, en el amor, en la vida. Y tú salías de ver sus películas, como sales de ver las obras de Chejov, sintiéndote mejor persona. Eso me gustaría lograr con mis películas. Otros quieren estar arriba de todos. Es estúpido. Arriba estás solo, sopla el viento, y sólo hay un cartel de propaganda.




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