6 de septiembre 2001 - 00:00
Spielberg experimenta la emoción artificial
-
María Negroni sobre sus últimos dos libros: "Son variaciones de una misma poética"
-
El emotivo elogio de la fotógrafa de AC/DC para el público argentino: "Buenos Aires, fuiste inolvidable"
"A.I. Inteligencia artificial".
Spielberg, sin embargo, mezcla los géneros a mitad de camino (parte de uno y salta al otro), y al hacerlo produce un vínculo ambiguo con ese monstruo sentimental, mitad electrónico, mitad humano, por el que primero reclama curiosidad y, más tarde, compasión. Dicho de otra forma, es como empezar leyendo a Asimov y terminar con Bambi.
Identificación
Pero no es ésa la única hibridez de la película. El otro giro es el brusco desplazamiento del punto de vista, que sustituye la dramática identificación inicial con los padres por la identificación con el autómata. El cuadro familiar que se pone en escena está muy lejos de reconocerse en la divertida llegada de E.T. a la casa. En la civilización del futuro, con las principales ciudades del mundo bajo el agua, un matrimonio desesperado teme la muerte de su único hijo biológico, víctima de una enfermedad terminal, que se encuentra hibernando a la espera de una cura improbable.
La aparición de David reviste todas las características de una adopción sustitutiva, resistida al principio y progresivamente aceptada, con la diferencia de que no se trata de un ser humano, sino de una máquina a la que hay que programar, configurar como una PC, para que empiece a amar. La configuración, el «set up», es el equivalente en la era cibernética a la enunciación del nombre de Dios para el cabalista medieval judío, y es la madre quien da ese paso. David empieza a decir «mamá», y a amarla tan incondicionalmente como Anthony Perkins amaba a la suya en «Psicosis».
El escenario cambia con el milagroso regreso del hijo a casa, ya sanado. El alien empieza a sobrar, y según las normas de fábrica, la reconfiguración es imposible. Su conducta, incluso, empieza a ser potencialmente peligrosa para el hijo recobrado, que como todo chico normal, lo provoca, desafía y defiende su territorio.
Aunque David, naturalmente, no come, lo sientan igual a la mesa, y una noche se siente tentado por hacer como su hermano y se devora una ensalada. La consecuencia es una de las escenas más surrealistas y repulsivas del cine de Spielberg, una cirugía de transistores y espinacas con la sufrida carita de David vuelta hacia los padres.
La instancia del abandono, la sociedad con un osito de peluche parlante y con un gigoló «Mecha» (que se dedica a satisfacer mujeres con más habilidad que los humanos: un personaje discordante en esta fábula asexuada), da lugar a lo más interesante de la película, aunque reservada a los gourmets de la imagen. El diseño de la Ciudad Roja, el de la Manhattan sumergida y el de la Feria de la Carne son ciertamente espectaculares.
Pero nada de eso le impide a Spielberg continuar con su contrabando sentimental, de modo que mientras David busca al Hada Azul y sortea el peligro de los cazadores de «Mechas», el guión se entretiene con otro escenario elemental: advertir sobre los efectos nocivos que, en el futuro, podría provocar la discriminación de las minorías robotizadas. En definitiva, lo más singular de esta película, lo más perverso incluso, es que, al salir del cine, más de un espectador podría sentir que sus ojos se han nublado ya no por una historia de legítima ternura (cursi o no, no se trata de eso), sino por una monstruosidad en estado puro, aunque calculadamente disfrazada tras la apariencia de un melodrama de abandono.
«Inteligencia artificial» es un film monstruoso, porque el espectador termina ignorando en razón de qué, o por quién, el director de «La lista de Schindler» se propone esta vez poner en juego sus emociones: si es por una madre sufriente, si por un chico enfermo, por un robot despreciado, por la memoria de Stanley Kubrick o, simplemente, por el simple gusto de demostrar que el público, como David, también puede ser una máquina programable para llorar.




Dejá tu comentario