«V Festival Internacional de Música de Buenos Aires» y «Ciclo Buenos Aires Jazz y Otras Músicas». Actuación de Luis Alberto Spinetta (voz, guitarra). Con Claudio Cardone (piano, teclados), Juan Carlos Fontana (teclados, piano) y Javier Malosetti (contrabajo). (Teatro Colón, 26 de agosto).
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Para los músicos populares, el Teatro Colón solía funcionar como un símbolo de autenticación y de consagración, aunque esa tendencia está cambiando y por estos días son ya varios los que están pasando por ese escenario. En todo caso, lo único que hace falta es tener un suficiente grado de popularidad. El Colón es, sin duda, la mejor sala que tiene el país para escuchar música en vivo, aunque nadie la imaginó para el sonido amplificado. En consecuencia, muchos terminan sonando mejor en otros ámbitos que allí.
Así, Luis Alberto Spinetta y sus fans tuvieron su Colón. Acorde a las circunstancias, Spinetta eligió hacer un recital distinto del que viene tocando en los últimos tiempos. Sin moverse de la silla durante los casi 90 minutos que duró su concierto, con una guitarra de caja que tampoco cambió, y con el agregado del piano de cola y los teclados de Claudio Cardone y el «Mono» Fontana y el contrabajo pizzicato de Javier Malosetti, hizo un repaso por diferentes épocas de su historia compositiva.
Viajó desde su antiguo «Para ir» de los tiempos de Almendra hasta el más reciente «Tonta luz», lo único que se escuchó del disco «Silver Sorgo».
Revivió clásicos como «A Starosta, el idiota», «A estos hombres tristes», «Al ver verás» o «Maribel se durmió», probablemente, el punto más alto de su recital. Rescató su versión baladística del tango «Grisel», que grabó con Fito Páez para el álbum «La la la».
Seleccionó de entre lo mejor de su poesía con temas como «La pelícana y el androide», «Ekathé» o «Chiquitos». Dedicó la actuación a sus afectos más cercanos, nietos e hijos, y cantó una pieza de su hijo Dante. Esquivó especialmente temas emblemáticos como «Muchacha ojos de papel» o «Plegaria para un niño dormido». Y hubo un solo estreno, todavía sin título, que tocó como cierre del concierto, antes del único bis -»Ludmila».
No hubo guitarras distorsionadas ni rock and roll; y los mayores atrevimientos musicales estuvieron en las armonías y los ritmos -volcados al jazz, sobre todo cuando Malosetti se sumó al trío básico-, y en las «orquestaciones» stravinskyanas de Fontana.
El resto fue una suma de canciones, cantadas con sencillez, con un envoltorio semiacústico, con esa voz inconfundible que hace de Spinetta uno de los mejores cantantes del rock, y con la grandeza de un artista que ya no tiene necesidad de dar exámenes para revalidar su importancia.
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