15 de febrero 2002 - 00:00

Stoppard, un teatro que falta descubrir

(15/02/2002) Pocos dramaturgos son tan célebres por su virtuoso dominio del lenguaje y por su equilibrado manejo de la erudición y el entretenimiento como el escritor Tom Stoppard, nacido en Checoslovaquia en 1937 y radicado en Inglaterra desde su adolescencia.

A 36 años de su primer éxito teatral, «Rosencrantz y Guildenstern han muerto», basada en dos personajes secundarios de «Hamlet», Stoppard es considerado uno de los mejores dramaturgos de habla inglesa.

Sin embargo, en la Argentina, sigue siendo más conocido por los guiones cinematográficos de «Brazil», «El imperio del sol» y «Shakespeare apasionado» que por su original obra dramática.

Piquer

Entre los escasos directores argentinos que frecuentaron su dramaturgia figura Julio Piquer, responsable de una versión de «Travesties» (estrenada a principios de los ochenta) y traductor, junto a María Inés Castagnino, de «La invención del amor», pieza que se estrena hoy a las 21.30 en el Teatro «La Máscara» (Piedras 736) con el protagónico de Humberto Serrano.

La obra está centrada en la figura del poeta y especialista en cultura clásica Alfred E. Housman (1859-1936), de gran renombre en la época victoriana. La acción comienza cuando el poeta está por morir y se dispone a recordar su juventud en Oxford.

El protagonista se refugia en ese ambiente de alta erudición, pero sufre en secreto su condición de homosexual.

Al final de la pieza un imaginario encuentro con
Oscar Wilde (nunca se cruzaron en la vida real) brinda un interesante paralelo de la vida de ambos poetas.

Mientras que
Wilde murió en la pobreza y el descrédito, sobreviviendo en su obra y en los
movimientos gays que lo veneran como a un santo,
Housman murió en paz y sin agravios, pero sin disfrutar del amor y con una obra prácticamente condenada al olvido.

Periodista: ¿Cuál es su punto de vista sobre esta obra?


Julio Piquer
: Esta obra me permite abordar temas de los que ahora no se habla, como por ejemplo, la educación, la cultura, la discriminación y el amor. Es una pieza que pone en tela de juicio todo lo establecido, tanto en los personajes como en las instituciones. Stoppard es un maestro del lenguaje, y dice las cosas más densas y más crueles en un tono burbujeante y socarrón.

P.: Varios críticos ingleses dijeron que era una obra muy intelectual y que convenía conocer el texto antes de ir a verla.


J.P.:
No es para tanto. Yo, en realidad, hice una adaptación que permite seguir la obra con absoluta claridad sin necesidad de agregar indicaciones en el programa de mano. Lo mismo me pasó con «Travesties», una comedia que narra el imaginario encuentro entre Lenin, James Joyce y el dadaísta Tristán Tzara. En aquella ocasión hubo gente que me dijo: «¡Pero, yo de Tristán Tzara no sé nada» y yo le contesté: «Qué gran oportunidad para leer sobre él y su obra. Porque es bien interesante». Lo genial de Stoppard es que incita a la búsqueda y al estudio de todo tipo de temas.

P.: También se ha dicho que «La invención del amor» es una de sus obras más sentimentales.


J.P.:
Sí, yo creo que es una pieza para la mente y el corazón. Es una de las obras más profundas y emotivas de Stoppard, en ninguna otra se acercó tanto a lo humano como aquí. La prensa inglesa llegó a decir que la escena en que Housman confiesa estar enamorado de su mejor amigo, aún sabiendo que lo va a rechazar, es una de las mejores escenas de amor que se hayan escrito. Es muy sutil y compleja y no tiene cursilería. No le sobra nada.

P.: La obra transcurre en un ambiente muy inglés.


J.P.:
Pero lo que plantea es muy universal. Yo viví muchos años en Austria, donde se lo representa mucho, incluso a veces se lo estrena allá antes que en Londres. Y en Alemania también lo siguen muchísimo. Pero acá el único que se anima a poner la obra de Stoppard soy yo. Un empresario me dijo que era «muy centroeuropea». ¡Ah, bueno, entonces no hagamos nunca más Chejov!, le contesté. Yo no sé qué le pasa a esta gente del teatro comercial ¡Le tienen miedo! No entiendo qué buscan, cuando en Buenos Aires hay un público para todo. Acá hay más gente culta que en otras partes del mundo, incluida Europa.

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