20 de julio 2001 - 00:00

Stravinsky antológico se aplaudió en el Colón

«La carrera del libertino», ópera de Igor Stravinsky. Con S. Ramey, P. Groves, D. York, V. Livengood, R. Yost, A. Malvino, E. Ayas y C. Esquivel. Regie: A. Arias. Esc. y vest.: G. Galán. Ilum.: J. Rouveyvolles. Cor.: A. Cervera. Dir. Coro: V. Sicuri. Orq. Estable. Dir.: Stefan Lano. (17/7, Teatro Colón, Función de Gran Abono.)

Una buena idea, que debería convertirse en habitual, es dar un espacio para que el regista explique brevemente su proceso creador y sus ideas para la puesta en escena, de manera que para el público se quiebre el hermetismo y tenga una apertura guiada a las nuevas propuestas.

En toda la primera parte de «La carrera del libertino», hay una visión sincrónica del pasado y del presente: no una repetición en espejo, sino una visión que acusa las variantes posibles de cada situación revivida desde una mente perturbada. « Entiendo que, de esta manera, pude exponer mejor el despliegue de la decadencia y locura del protagonista, y los aspectos surrealistas y pesadillescos que contiene la obra», escribe Alfredo Arias.

Un objetivo tan claro se logró en medida superlativa, y el público, expectante al principio, reconoció estar frente a una lograda realización, fuera de lo común.

Citaremos dos de los muchos detalles que acaparan la atención: en un momento, entra un coche fúnebre, y los mismos caballos se encargan de bajar el ataúd; en otro, el sueño de un horno que convierte las piedras en pan se corporiza en escena y lo hace realidad. Por su parte, la escenografía, la iluminación y el vestuario no pueden ser mejores, así como la utilización de todo el espacio escénico y el coro en laterales enrejados, que se integran sin distraer a los bailarines con acertada coreografía.

«La locura cancela todas las promesas», dice el texto en un momento crucial, y los cantantes convocados (¡qué importante es saber armar un cast armonioso como éste!) han acentuado y modulado con perfección la línea vocal, previsible o cambiante, del genial Stravinsky. La más aplaudida fue Victoria Livengood, que compone el personaje de la mujer barbuda con el debido desparpajo: esta mezzo de voz proteica es una cosa seria como actriz, lo que ya había demostrado en el mismo escenario cuando fue la fría secretaria en «El cónsul», de Menotti.

Voces

La soprano Deborah York tiene una voz angelical, cristalina y pura, aunque es discreta actuando; valiosa la presencia del tenor Paul Groves, canta muy bien y su personaje va creciendo en intensidad según pasan los cuadros. El barítono Samuel Ramey, estupendo, como siempre. Es un profesional sólido que impone su presencia sin caricaturizar a Nick Shadow, el diabólico tentador que se juega el alma de Rakewell a los naipes (escena que Woody Allen hizo suya en uno de sus libros). Impecable Ricardo Yost; noche sin fisuras para Eduardo Ayas, en la lograda escena de la subasta; excelente Alejandra Malvino, en su breve participación como Mother Goose; correcto Carlos Esquivel.

El director
Stefan Lano concerta con precisión y estimula a la Orquesta Estable para mostrarse superada; y Vittorio Sicuri preparó el coro pulido hasta sus ínfimos detalles y rico en matices. Un espectáculo, en definitiva, de gran calidad, que muestra el talento y recursos de los cuerpos técnicos y creatividad desbordante en el equipo de realizadores.

Antes de la representación, se escuchó un respetuoso discurso en homenaje a las víctimas en el séptimo aniversario del atentado terrorista contra la sede de la AMIA.

Dejá tu comentario

Te puede interesar