«La cosa más dulce» («The Sweetest Thing», EE. UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: R. Kumble. Int.: C. Diaz, C. Applegate, S. Blair, T. Jane.
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"La cosa más dulce" es un consuelo para quienes suponen que las sutilezas de un Jacobo Winograd o de una Flavia Miller son un castigo exclusivamente nacional. Esto no es así (ni siquiera en las groserías se puede tener exclusividad de bandera). Cuando los norteamericanos se sueltan, tampoco hay quien les iguale.
Todo empezó con «Loco por Mary», que a esta altura ya parece una película de James Ivory en comparación con sus crías bastardas. «La cosa más dulce», último ejemplo de esta especie, añade a la delicadeza de sus escenas humorísticas un argumento mínimo e idiota. Dicho de otra forma: el problema no son, obviamente, los habituales chistes gráficos o verbales con fluidos y órganos, sino la carencia de un contexto que los admita.
Dificultad
Inclusive, desde el punto de vista puramente mecánico cuesta a veces encontrarle una mínima lógica a ciertas escenas. Por caso, una de las tres amigas protagonistas sufre un percance mientras practica sexo oral. La pobre queda atascada porque su partenaire, se nos informa, es usuario de un piercing peneano. Ahora bien, a menos que ese piercing sea un gancho de pesca o un arpón ballenero, algo absolutamente impráctico a la hora de vestirse (además, el buen hombre tampoco es King Kong), la razón del atascamiento queda en la más absoluta nebulosa.
La única novedad del film es el sinceramiento regional en los subtítulos: por ejemplo, ya no corren más ni la «cotorrita» ni la «panochita» mexicana. Con chabacanerías semejantes, el lenguaje no debía seguir traicionando el espíritu inspirador de la obra.
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