«Edipo rey». Opera-oratorio en dos actos. Música: I. Stravinsky sobre textos de J. Cocteau basado en la tragedia de Sófocles. Int.: U. Holdorf, F. Quivar, S. Owen, O. Chlopecki, P. Skrt y G. Gallardo. Régie: P.P. García Caffi. En el programa: «El mandarín maravilloso». Mús. de B. Bartók. Coreogr.: R. Galván. Dir. de Orquesta: S. Lano. Esc. y vest.: Edgar de Santo. Ilum.: J.C. Greco. Orquesta, Ballet y Coro Estable del Teatro Argentino de La Plata. (Nueva función: 2 de diciembre).
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Luego de «Tosca» de Puccini, ópera que reinauguró su nueva sala lírica el Teatro Argentino de La Plata, propone ahora un programa mixto con una ópera breve y un ballet. Como un ejemplo del poder de síntesis de Stravinsky y además, de su gusto por el arte clásico, se puede tomar «Edipo rey», una sutil combinación de la ópera y del oratorio, de gran belleza por la singular química que se establece entre la palabra dicha o cantada y el silencio y la música.
Hubo esta vez una estupenda realización de la partitura de Stravinsky, tanto desde el punto de vista visual como desde lo sonoro. La mínima acción dramática fue organizada en dos planos.
En el superior Edipo,Yocasta y Creonte mientras que en el inferior se ubicó al coro (que cumple una magnífica tarea) y a los personajes «El mensajero», «Tiresias» u el «Pastor». Entre los coreutas fue ubicado el relator, papel que cumplió con eficacia el cantante Gui Gallardo (quien no aparece en el programa porque hasta último momento se esperó que lo hiciera el gobernador Carlos Ruckauf, a quien se lo había ofrecido el subsecretario de Cultura). El estatismo elegido por García Caffi en la puesta fue lo mejor como solución para la exposición de los textos de Cocteau sobre Sófocles. La inmovilidad resultó dinamizada por un bellísimo trabajo lumínico de Juan Carlos Greco y un enmarque plástico minimalista y clásico de Edgar de Santo. Florence Quivar, de suntuosa voz oscura y bella, resultó lo mejor del cuadro de cantantes, seguida por Stephen Owen, un expresivo barítono en los roles de Creonte y el mensajero. El tenor Udo Holdorf convenció menos en lo vocal y escénico en un monumental Edipto. A la altura de los intérpretes extranjeros Oreste Chlopecki y Pablo Skrt cantaron muy bien sus partes.
Bartok
En cuanto al ballet «El mandarín maravilloso», obra teñida por un profundo expresionismo, no tuvo en la coreografía de Roberto Galván el soporte necesario, transformándose en una suerte de show de gusto mediático con mucho sexo indiscriminado, droga y violencia urbana que poco se relacionó con la idea primigenia de Béla Bartok. Ni el esfuerzo del Cuerpo de Baile por sacarla adelante, ni la atendible escenografía ni la conducción de Stefan Lano pudieron hacer que la propuesta se salvara del naufragio.
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