Teatro San Martín: una historia de la mirada a través de la fotografía

Espectáculos

La exhibición incluye también daguerrotipos, con el añadido de disciplinas como cine, teatro y literatura.

La Fotogalería del Teatro San Martín presenta en formato online, y por entregas, una exhibición integrada por fotografías y textos, “Veinticuatro exposiciones. Una construcción entre imágenes y palabras a lo largo del tiempo”. Según se anuncia, cada miércoles a las 18 publicarán una nueva entrega. Ariel Authier, Bruno Dubner y Lara Marmor, miembros del Comité Curatorial de la Fotogalería, tienen a su cargo la selección de las imágenes y la redacción de Unlos textos, aunque los acompañan unos pocos invitados provenientes de otras disciplinas como el cine, el teatro y la literatura.

La exhibición actual presenta 24 fotografías de diversas épocas, técnicas y estilos. Hay una pintura de Goya que renueva la vieja alianza entre fotografía y pintura, sumada a la bellísima vista del “Boulevard du Temple” (1838-1839) de Louis Daguerre. Es el primer daguerrotipo donde aparecen figuras humanas, un lustrabotas con su cliente que al parecer posaron durante el prolongado tiempo de exposición que llevó capturar la toma. Lara Marmor abre el telón del territorio contemporáneo con las abstracciones de Andrea Ostera y la enigmática imagen de Julieta García Vázquez y Javier Villa, un “Detalle de la colección de La Sociedad de Imágenes Secretas (2019). La pintura fotocatalítica sobre el muro de la sala de reuniones del Sindicato de trabajadores de la ex-fábrica Fagor-Brandt fue expuesto en la 15° Bienal de Lyon. Frente a esta rareza, Ariel Authier elige a Alberto Goldenstein, “Sin título” (1988). “Las imágenes de Goldenstein –aclara Authier- siempre tienen esa proximidad de la instantánea, acercando una visión del mundo que va hacia las personas y las cosas, para mirarlas, no para constatar algo y así terminar acoplando la imagen a una gran narrativa previa, sino para ver si hay algo para ver, para entrar en la imagen, para entregarse a la imagen en tanto imagen”. Y, justamente, lejos de aspirar a ilustrar un discurso previo, el ojo perceptivo de Goldenstein encuentra un inmenso ventanal espejado que reproduce la realidad de las cosas.

Para explicar el hilo conductor que relaciona estas 24 imágenes, Dubner, observa: “Más próximo a la jam session que a la hoy imposible sinfonía del cubo blanco, el proyecto será una odisea en constante ebullición, un hervor incesante hacia adentro y hacia afuera de lo fotográfico”. De este modo asegura que, cuando culmine la muestra, una mirada retrospectiva permitirá analizar el espíritu la anima. Hoy, en rigor, se destacan los fuertes contrastes.

La primera entrega se abre con un fotograma de la película “Peeping Tom” (“Tres rostros para el miedo”, 1960) dirigida por Michael Powell, con Otto Heller a cargo de la fotografía. Incluye dos personajes en un antiguo cuarto oscuro, un laboratorio para fotografía analógica semejante al de “Blow Up” y con una sala de proyección. En un primer plano, se recorta la silueta en sombra de un hombre, sobre el espacio bañado con una luz roja como la sangre. Detrás de esa figura, una joven interroga con su mirada a este personaje. Un rayo de luz directa sobre el vestido rojo reverbera como una llamarada. Según Dubner, “prostibularia, aurática”, la luz roja, ”prohibía el paso a la zona del material sensible”. El color expresa la violencia y la locura de Mark Lewis, un psicópata asesino que padeció las torturas infligidas en su infancia por el gran científico que fue su padre. La relación intersubjetiva con la lente de su filmadora lo induce a filmar sus asesinatos y termina por suicidarse frente a la cámara. La inocente Helen intenta salvarlo, pero fracasa. En su escrito “Rojo profundo en el entero decimal”, Dubner habla del tiempo del Eastmancolor y del que definitivamente ha muerto: el mundo analógico que ha cedido paso al orden digital con su lenguaje numérico. Potente, la escena del fotograma anuncia el drama. Pero la ficción llega en estos días como un bálsamo, ayuda a olvidar por momentos el “annus horribilis” que acaba de culminar. El espectador demanda encontrar en el arte la llamada “suspensión de la incredulidad”, la posibilidad de entregarse voluntariamente a la ficción.

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