20 de agosto 2004 - 00:00

Tenuta, con un sombrío personaje a sus espaldas

Juan Manuel Tenuta: «A veces el público se emociona con la fragilidad de mi personaje, y eso me da miedo, porque quiero que lo odien».
Juan Manuel Tenuta: «A veces el público se emociona con la fragilidad de mi personaje, y eso me da miedo, porque quiero que lo odien».
Juan Manuel Tenuta es un entusiasta admirador de la obra de la dramaturga rosarina Patricia Suárez y, según afirma, está dispuesto a «hacer todo lo posible para difundirla». De hecho es uno de los protagonistas de «Valhala. La morada de los Dioses», última obra estrenada por la también autora de la trilogía de «Las polacas», que se representa los viernes y sábados a las 21 en el Taller del Angel (Mario Bravo 1239), con dirección de Ariel Bonomi e interpretación de Cristina Aroca, Gustavo Rey, Jorge García Marino, Marcos Woinski y Héctor Malamud.

«Valhala»,
nombre que se le da en la mitología germánica al lugar presidido por el dios Odín, donde eran recibidos los héroes caídos en las batallas, es una ironía que refiere a que su protagonista es un ex general nazi, que huyó de Alemania después de la guerra y vive aislado en la zona del Delta junto a sus hijos, a quienes sigue tratando con mano de hierro pese a su estado senil.

Tenuta
viene de disfrutar de una corta (apenas 4 funciones), pero exitosa temporada en el Teatro Maipo como protagonista de una la versión musical de «El burgués gentilhombre» de Molière, espectáculo que llevará a Córdoba en septiembre.

Periodista:
Usted ha interpretadoa individuos de todo tipo y condición, pero hasta ahora nunca le había tocado un alemán nazi.

Juan Manuel Tenuta: A mí me tocaron varios italianos y gallegos porque hice mucho sainete y grotesco. No hace mucho interpreté a un aristócrata inglés en «Mi bella dama», pero ésta es la primera vez que hago a un alemán y no sabe lo que me cuesta mantener el acento hasta el final. Yo interpreto al general Herman Straub, un soldado del Tercer Reich que escaló altas posiciones en el ejército y que luego, como tantos otros, se exilió en la Argentina. En 1945 nuestro país le dio asilo a varios militares y científicos nazis que huían de Alemania. La obra no lo dice abiertamente pero con el director pensamos que se trata de un criminal de guerra. El hace de su isla en el Delta una nueva morada de los héroes.


P.:
Es un hombre que, además de su pasado nazi, esconde un secreto familiar.

J.M.T.: Sí, el haberle robado a su hermano la mujer que amaba. Eso es lo único que se reprocha o que lo lleva a intentar una especie de autocrítica. Por lo demás, no habla nunca del Holocausto, ni de los campos de concentración. Sabemos que cometió atrocidades por los datos que se filtran en sus conversaciones, pero nunca lo comenta con sus hijos. A pesar de su Alzheimer y de sus 85 años sigue obligando a sus hijos, que ya son bastante mayores, a cumplir sus órdenes y a defender sus mismos valores. A esta altura se han convertido en víctimas y victimarios a la vez. El conflicto estalla cuando llega de visita un pretendiente de la hija, porque el padre no quiere que nadie entre en la casa.


P.:
Pese a su sencillez argumental la obra admite varias interpretaciones y hasta juega con el humor.

J.M.T.: Sí, además está dirigida a un público medianamente informado. Yo soy un cholulo de Patricia Suárez; ella es muy prolífica y ¡qué bien que escribe! También va a simposios, conferencias y, además, su segunda novela acaba de ser premiada en Italia. Es un nombre a tener en cuenta porque significa un gran aporte a la dramaturgia argentina. En cuanto a mi personaje, tratamos con Bonomi de que no sea un tipo querible, pero yo veo que la gente igual se emociona ante su fragilidad de viejo. Incluso hay mucha gente que llora y a mí no me gusta eso porque quiero que lo odien. Lo mismo sucede con el humor, en varios momentos la gente se ríe con los equívocos y torpezas de este alemán. A mí al principio me costaba aceptarlo: «Debo estar haciendo algo mal», me decía.Ahora entiendo que a pesar de sus risas el público capta muy bien la calaña de este personaje.


P.:
Lo ayuda su percepción de actor de muchos años...

J.M.T.: Sí, y recomiendo este oficio a todo el mundo, es una de las cosas más entretenidas que pueda haber. Fíjese que empecé a los 7 años y nunca me detuve. Mi papá era sastre del Colón y me acunaba cantándome Rigoletto y mi madre era una gran amante de la cultura y del teatro y yo soy igual a ella. Mi debut, fue en Fray Bentos mi pueblo natal, allí debuté en una obra uruguaya «El león ciego» con un papel importante. Fue un éxito barbaro y a la salida el director de mi escuela me puso sobre sus hombros y nos fuimos todos caminando hasta casa con mis padres, mi hermano y mucha gente que me aplaudía. En ese momento me dije: «Yo de estos hombros no me bajo más», porque a la vanidad propia de un niño se sumó la alegría de sentirme querido por el público ¿qué otra cosa puede querer un actor?


Entrevista de Patricia Espinosa

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