Terminar de una vez con el amor romántico

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Periodista y ensayista, la hija de Adolfo Castelo fustiga en su nuevo libro esa forma de pasión que hizo padecer mucho y que, a veces, condujo a la muerte.

“Para las mujeres, el amor romántico ha sido un flagelo”, sostiene Carla Castelo en “Manifiesto contra el amor romántico” (Planeta). Periodista, escritora y poeta, Castelo publicó “Vidas perfectas, estudio sociocultural de la vida en los countries”, y junto a su hermana Daniela “Diario de un ironista” biografía de su padre, Adolfo Castelo. Dialogamos con ella.

Periodista: Usted dedica su “Manifiesto contra el amor romántico” a Carolina Aló, que en 1996 fue asesinada de 113 puñaladas por Fabián Tablado, femicida que estaría por salir en libertad a fin de este mes.

Carla Castelo: Yo era una periodista a la que en la revista “Noticias” le dieron la oportunidad de iniciarse en el periodismo de investigación con ese crimen. Había colaborado en otros casos policiales, como el de un motín en una cárcel o el asesinato de José Luis Cabezas, pero éste me lo dejaron a mí sola. Me fui a casa del padre de Carolina y me encontré con un hombre sacado, muy violento; tenía esa violencia que ella encontró en su novio. Me quería vender información. Ya habían aparecido algunas cartas de ella en algunos medios y yo tenía que conseguir algo nuevo, fotos, papeles, notas. Después de mucho charlar, el padre me entregó la última agenda de su hija, donde había frases tanto de Tablado como de Carolina, pelos que él le había arrancado, apuntes de los ataques de celos de Fabián, de cuando le rompió la nariz, y las reiteradas amenazas mutuas de “te voy a matar”. Finalmente, la nota la escribimos con Dalmiro Sáenz. Coincidimos en la historia trágica de un hombre enamorado y demente. Todavía le decíamos amor a esa aberración. El amor romántico se había cansado de avisarnos que nos podían matar, que la entrega y la posesión tenía esas cosas, un horror sublime de fatales relaciones perversas. Fabián Tablado se basó mucho en el amor romántico, le escribía cosas muy hermosas a Carolina. Después de asesinarla, todas las semanas le mandaba desde la cárcel flores a la tumba. Sostenía que la había matado por amor porque ella lo quería dejar.

P.: No todo es crimen. En el romanticismo los escritores no sólo idealizaron a la mujer, sino que hicieron apología de sus valores.

C.C.: Un avance, pero que marcaba los límites: “Ustedes son geniales, pero hasta acá, señoras”. Y para peor esas ideas fueron usadas por algunos para justificar su “amorosa” violencia. Las relaciones de pareja fueron sincerando, cada vez más, las zonas de conflicto. Las diosas de la aceptación y el sacrificio comenzaron a reclamar su lugar, y vínculos de sinceridad y respeto. Las mujeres del siglo pasado se dieron cuenta de que detenían su carrera para dar lugar a amores desenfrenados que sólo las llevaban a postergar sus sueños reales.

P.: ¿No cree que el amor romántico ha dejado de ser como era?

C.C.: Hay una gran transformación. Mi generación no puede comparase con la más joven. Las feministas jóvenes son muy terminantes, discuten si aceptan a las trans, si los hombre pueden marchar con nosotras, si la posición del misionero está bien o está mal. Para ellas, Evita no era feminista porque hacía todo por Perón. Las chicas están en otra. Las que padecimos el amor romántico somos las de más de 40. En el libro muestro cómo en mujeres de avanzada, como las de “Sex and the City” o “Bridget Jones” se sigue viendo el mandato del amor romántico. Tienen autonomía, independencia, son modernas, pero siguen padeciendo por el amor no concretado, por el viejo ideal romántico. Hoy hay Tinder, touch and go, poliamor, pero las de 35 y más siguen sufriendo por el gran amor aunque el asunto dure dos horas.

P.: En su “manifiesto” final usted se dirige a esas mujeres.

C.C.: Las llamo a vivir un amor genuino, un amor sin sufrimiento. Lo pasional nos ha hecho doler demasiado. Huyamos del canto de sirena del amor romántico, que es un sistema de hipocresías. Queremos ser sujetos. Somos sujetos de deseo. No debemos permitir que una idea vetusta del amor nos obligue a ser lo que no deseamos ser.

P.: Usted termina ese “manifiesto” reconociendo que los hombres también sufren y que hay mujeres malas, pero “que se arreglen ellos, por una puta vez”.

C.C.: Estamos cansadas de ser el sostén para los lamentos. Hemos sido musas, ya no tenemos ganas. Que los hombres se organicen y piensen qué quieren hacer, y que no estén pendientes de los emblemas que nos solicitan practicar. Señores románticos, busquen no sufrir tanto por amor, como Borges, capaz de hacerse arrancar una muela para tapar el dolor de una pérdida amorosa.

P.: ¿Qué está planeando ahora?

C.C.: Justamente, una investigación sobre la situación sentimental de los hombres, el desconcierto que viven, sus preocupaciones y sufrimientos.

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