"Tiempo de vivir"

Espectáculos

«Tiempo de vivir» (Le temps qui reste, Francia, 2006, habl. en francés). Guión y dir.: F. Ozon. Int.: M. Popaud, J. Moreau, V. Bruni-Tedeschi, D. Duval, M. Riviere, U. Souza Trabelsi, C. Sengewald, L.A. Hippeau.

Resulta un poco fuerte al comienzo, esta película de Francois Ozon, no sólo por el drama que debe enfrentar su joven protagonista (en la segunda escena se descompone, en la tercera ya le diagnostican pocos meses de vida), sino simplemente porque (también casi al comienzo) hay dos escenas más que explícitas acerca de sus preferencias sexuales. Habrá otra, más tarde, algo distinta, con un ménage-à-trois centrado en una mujer que podría quedar embarazada. Pero todo lo fuerte, o molesto, que haya en esas tomas, se diluye con otras partes, y con un final realmente hermoso.

Las escenas incómodas pueden dejarse de lado. Lo han hecho en Alemania y Japón, cortando cuatro minutos, pero también lo hace el público, a medida que se adentra en lo más importante: sentir qué pasa en una persona cuando se entera de la proximidad de la muerte. Por algo el título original es «Le temps qui reste».

Asistimos así al estupor, la irritación, la descarga de nervios sobre la familia, la dificultad de comunicarse con los otros, la liberación del llanto en la visita a la abuela (contenedora grandmere a cargo de la venerable Jeanne Moreau), los malestares físicos discretamente sugeridos, los intentos, medianamente logrados, de reconciliación con los seres queridos, el Melvin Popaud es el joven al que le diagnostican una enfermedad terminal y Jeanne Moreau, su contenedora abuela, en un film de arranque fuerte que puede causar incomodidad, pero eso se diluye rápidamente para dar paso a la emoción. repaso de algunos momentos, las ganas de dejar algo especial, y, especialmente, el reencuentro con el niño que el hombre ha sido, no hace mucho.

Ese niño aparece, de cabello ensortijado y carita triste, interrogante, cometiendo alguna picardía, algún sacrilegio, pero, antes que nada, contemplando el mar, hasta ir a su encuentro con paso decidido. Y ese hombre volverá al mar, pero a sentarse en la playa, sacar fotos (porque su vida han sido las fotos, pero también, quizá, por esa tendencia tan humana de querer retener el tiempo como sea), y, ya dulcemente resignado, tenderse un rato a descansar.

Con buena mano, Ozon refuerza la expresividad de la pantalla ancha (por ejemplo, en la primera charla con el médico hace sentir claramente la distancia entre ambos personajes), evita los posibles desbordes emotivos, y elige y dirige debidamente a los artistas, desde el chiquito Ugo Soussa hasta el protagonista Melvin Popaud, que aquí conocimos como el príncipe de Foix en «Le temps retrouvé», de Raoul Ruiz. Y también con buena mano selecciona los temas musicales, sobre todo el último, que provoca una hermosa sensación de calma, sin mayor tristeza. Ojala uno pudiera despedirse de ese modo. Vale la pena.

Dejá tu comentario