Charlize Theron
(der.) es la
protagonista de
«Tierra fría»,
ficcionalización
por momentos
innecesariamente
recargada de
hechos reales
que llegaron a los
tribunales de
EE.UU.; Frances
McDormand es
una de sus
compañeras de
infortunio.
«Tierra fría» (North Country, EE.UU., 2005, habl. en inglés). Dir.: N. Caro. Guión: M. Seitzman. Int.: Ch. Theron, F. McDormand, S. Bean, R. Jenkins, J. Renner, M. Monaghan, W. Harrelson, S. Spacek.
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Esta película con base real encargada a la directora neocelandesa Niki Caro (autora de la deliciosa «Jinete de ballenas»), detalla el rosario de padecimientos de una mujer, que empiezan ya en la primera escena cuando, en rápido trámite, se la ve con la cara desfigurada tras una fugaz toma de un hombre que baja de un auto azotando la puerta con furia. Ese hombre fue su marido hasta ese preciso momento, y ese modo de mostrar las cosas de la realizadora aliviana un poco para el espectador la visión de tanto sufrimiento; por lo menos, hasta que hacia el final, el guión impone otra cosa.
Después de esa última golpiza, Josey (Charlize Theron, muy lejos del personaje de «Monster», y otra vez nominada al Oscar) huye hacia la casa de sus padres en un pueblo minero de Minessotta, con sus dos hijos, un adolescente que no parece estar de su parte y una niña pequeña. El recibimiento no puede ser peor: «¿Te pegó porque te encontró con otro?», le dice el padre (Richard Jenkins), ante el permisivo silencio de la madre (Sissy Spacek). Pero todo puede ser peor para Jocey, a partir del momento en que, a falta de otra fuente de sustento, acepta ser recomendada por su amiga Glory (Frances McDormand) en la mina de hierro que da de comer prácticamente a todo el pueblo.
De entrada está clarísimo que las mujeres no son aceptadas en ese reducto exclusivamente masculino (menos aún si son bellas, como es el caso de Josey), donde a las ya durísimas condiciones de trabajo se suma una persecusión sistemática que va minando la salud física y mental del personal femenino. Josey tiene profundas razones para oponerse a este nuevo maltrato, lo que la convierte en un abrir y cerrar de ojos en persona no grata para jefes, patrones, compañeros y compañeras de trabajo y hasta para el sindicato, cuyos «gordos» no ven bien ninguna modificación del statu quo.
La historia real que inspira este relato elaborado a base de flashbacks fue, en verdad, la cruzada de un grupo de mineras que llevaron a buen puerto la primera demanda colectiva por acoso sexual en una empresa estadounidense en los años '80. El principal problema de la película, vale decir, lo que atenta contra su verosimilitud, es haberlo centrado en una sola, por más que quien lideró la demanda tenga nombre y apellido (Lois Jensen), y que el no menos sufrido personaje de Mc-Dormand también tenga su peso aquí (el suficiente como para ser, también, candidata al Oscar por este trabajo). Se ve que la posibilidad de entronizar a una heroína -esa costumbre hollywoodense- era una tentación demasiado grande para ser rechazada por los productores. Entonces, a la directora no le quedó otro remedio que tratar de contar esta historia con cierta delicadeza, cosa que logra en varios tramos, poniendo toda su atención en las actuaciones básicamente.
Por eso, son más creíbles y emotivos los dilemas íntimos de Josey: la relación con sus padres y sus hijos y, sobre todo, cómo tramita los puntos oscuros de su pasado, que terminan ventilándose en un juicio donde todo se precipita al blanco sobre negro sin lugar para matices ni sutilezas.
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