19 de agosto 1999 - 00:00
"TODO SOBRE MI MADRE"
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Y tienen razón. La Manuela de Cecilia Roth es, sin duda, el mejor trabajo de su vida; el más conmovedor y verídico. Toda una reivindicación para alguien cuyas dotes histriónicas puso en serias dudas el mismo Almodóvar en un libro-entrevista publicado hace unos años. Marisa Pare-des no sólo sigue mejorando actoralmente con el tiempo, sino que luce espléndida, mal que le pese al Arturo Ripstein de «Profundo carmesí». Antonia San Juan personifica a un travesti, que encarna la esencia misma de lo femenino, y lo hace de tal forma que mucho espectador sale pensando que se trata de un actor. Todas las mujeres de «Todo sobre mi madre» dan, por si hace falta decirlo, lecciones de actuación que, naturalmente, revelan una cátedra de dirección de actores.
Es una película de actrices, dedicada a las actrices, sí (varias de las protagonistas lo son, y la Bette Davis de «La malvada», por ejemplo, tiene aquí su homenaje contante y sonante), pero puestas al servicio de una trama arrolladora que sintetiza, a su vez, la quintaesencia de lo «almodovariano». Es decir, algo imposible de resumir en pocas líneas.
Para empezar, después de «Carne trémula», donde los hombres si bien no llegaron a apoderarse del protagonismo, al menos lo compartieron con las mujeres, en este film Almodóvar vuelve a pintar un universo excluyentemente femenino. Tan excluyente que los únicos hombres que aparecen o padecen el mal de Alzheimer ( Fernando Fernán Gómez en una breve pero contundente participación) o se visten de mujeres. Entre estos últimos, incluso, hay uno que adora los biquinis para él, pero mantiene su machismo incólume como para prohibirle su uso público a la mujer que tiene al lado. El único que podría salvarse es un posible poeta, pero muere demasiado joven, desafortunadamente.
Manuela ( Roth) pierde a su hijo adolescente en un accidente estúpido que desata la cadena de casualidades tan típicas del director español, y al mismo tiempo tan verosímiles. Literalmente loca de dolor, decide volver a Barcelona donde 17 años atrás dejó al padre de la criatura sin siquiera avisarle que iba a tener un hijo. Tenía una buena razón: él, para entonces, «se había puesto tetas en París» y empezó a hacerse llamar Lola.
Allí reencuentra a «la Agrado» ( Antonia San Juan); conoce a Huma Rojo ( Paredes), una especie de Blanche Dubois de «Un tranvía llamado deseo» viviente, en la escena y en la vida, y adopta a una joven monja embarazada por alguien demasiado conocido ( Penélope Cruz, otro hallazgo). Entre ellas, y alguna otra, se establecen alianzas y desalianzas, competencia y solidaridad y, por supuesto, escenas que lo hacen a uno reír a carcajadas, mientras se va secando las lágrimas producidas por la escena anterior. Y, tratándose de madres, no todas son santas, como lo prueba la (pobre) madre de la religiosa descarriada.
El Almodóvar actual dista mucho del de los primeros tiempos. No es que no haya drogas, pero de ellas sólo se habla y hasta hay un personaje que pide a una adicta que se inyecte en el baño para «evitarle el espectáculo». Lo mismo que el sexo, porque, como se comprenderá, en esta tragicomedia no hay tiempo para eso. Sus «delirios» de hoy tienen un fuerte asidero real: él mismo cuenta que para el travesti machista y la monja se inspiró en gente que conoció. Más allá de la por lo menos temeraria aseveración del final acerca de la remisión del sida (el final mismo es un tanto redundante), la extraña familia que acierta en describir es más que una potencialidad en este fin de siglo.


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