Todos quieren saber quién ama a quién en Hollywood

Espectáculos

Los Angeles - (08-01-2001) Divorcios sonados, bodas de ensueño, batallas campales entre celebridades, listas de destruidos por el alcohol y las drogas, romances de altísima tensión, rumores venenosos, rupturas misteriosas, noviazgos de mentira, actores enamorándose en las filmaciones. El Hollywood de los albores del siglo XXI parece querer emular en escándalos y sensaciones fuertes a la añorada edad de oro de los '40 y '50.

El escándalo Ingrid Bergman-Roberto Rossellini, las adicciones variadas de Montgomery Clift, los secretos que James Dean ocultaba en el ar-mario, las borracheras de Spencer Tracey, la promiscuidad de Errol Flyn, la turbulenta vida amorosa de Marilyn Monroe, el romance en la pantalla entre Bogart y Ba-call, el adulterio de Elizabeth Taylor y Richard Burton en la filmación de «Cleopatra», etcétera.

Más de medio siglo después ha llegado el relevo: Meg Ryan, Russell Crowe (romance, adulterio, confesiones en busca de arreglo, divorcio, casamiento), Robert Downey Jr., Edward Furlong, Melanie Griffith (adicciones variadas), Helen Hunt, Nicolas Cage, Dennis Quaid (divorcios), Julia Roberts, Bruce Willis, Penélope Cruz (abonados los tres al remanido «sólo somos amigos» cuando se trata de desmentir posibles romances), Leonardo DiCaprio (broncas y altercados), Gwyneth Paltrow (nuevo novio), Banderas y Angelina Jolie (romance desmentido ante el estreno de «Original Sin») y otros vienen a sustituir a aquellos mitos en el Olimpo de las estrellas y en los asuntos del corazón y la entrepierna.

El gossip (cotilleo, chisme) en las colinas de Hollywood corre más que nunca como la pólvora y varios millones de norteamericanos abren cada mañana el diario «USA Today» por la página de Liz Smith, la reina del periodismo chismoso, digna heredera de Hedda y Louella. Esta, a quien las celebridades eligen para dar a conocer las noticias íntimas que asombran al mundo (por ejemplo, Sharon Stone y Barbra Streisand le cedieron las exclusivas del anuncio de sus bodas con Phil Bronstein y James Brolin), ha llegado más lejos publicando su autobiografía, «Natural Blonde», buscando mayor gloria que la de una simple chismosa mediática.

Pero algo ha cambiado notablemente en el medio siglo transcurrido: la prensa cortés de antaño ha desaparecido y el más agresivo sensacionalismo de tabloide se abre paso. Con la ayuda, consciente o inconsciente, de la propia industria. Las últimas y más jugosas piezas las están proporcionando los draconianos contratos de publicidad que vinculan a las estrellas con sus películas, que las obligan a maratónicas sesiones publicitarias realizadas en algunos casos muy a su pesar.

Es lo que ocurrió hace muy poco con
Meg Ryan y Russell Crowe, la pareja de moda desde la confesión de Ryan. La rubia actriz hizo saber meses atrás que se había enamorado del neocelandés Crowe durante el rodaje de «Proof of Life» y dejó a su marido, el también actor Dennis Quaid. A la hora de promocionar la película que más tinta amarilla ha hecho correr antes de su estreno, la novia de América y el gladiador de las antípodas impusieron normas drásticas.

En los encuentros con la prensa en el hotel St. Regis de la Avenue of the Stars exigieron no aparecer juntos y no conceder más que entrevistas televisivas (de cinco minutos cronometrados a la fracción de segundo) en las que las preguntas personales estarían prohibidas.

Si, sólo a principios de año, la temida publicista de Ryan prohibía preguntas sobre la madre de la actriz (con la que Meg Ryan mantiene un público distanciamiento y debate) con motivo del estreno de la película «No nos dejes colgadas» (en la que se describía una conflictiva relación madre-hija), ella se explayaba sobre las maravillas del matrimonio con Quaid y la mater-nidad.

Al mismo tiempo, un semi-desconocido Crowe, candidato entonces al Oscar por su trabajo como Jeffrey Wigand en «El informante», concedía entrevistas por un film que sonaba fuerte («Gladiador»), mientras simultáneamente se paseaba de la mano con Jodie Foster (su futura directora) y mandaba mensajes amorosos a Penélope Cruz.

Eran los días en que
Ryan y Crowe mantenían en las filmaciones en Quito y Londres el romance dentro y fuera de la pantalla que se ha convertido en el favorito del público. Aunque las caricias y el casto beso que se propinan (el director Taylor Hackford cortó la escena sexual del largometraje) supo a poco a la audiencia del fin de semana del estreno, que respondió con «sólo» 10 millones de dólares de recaudación.

Meg y Russell
, Ryan y Crowe, comparecen rodeados de todo un séquito. Y es que el ejército de publicistas, agentes y secretarios que acompaña a cada celebridad constituye el patrón oro por el que se mide el status y poder de cada estrella. Prueba de ello es la corte de 10 personas que escoltó a Catherine Zeta-Jones, tan flamante como reciente esposa del magnate de Hollywood Michael Douglas, durante las entrevistas que concedió en Los Angeles por la película «Traffic», de Steve Soderbergh.

En el mismo hotel de lujo -el Four Seasons del Doheny Drive de Beverly Hills-en el que hace año y medio compareció por
«La máscara del Zorro» con discreto traje y la única compañía de su hermano, Lyndon, «la emperatriz Catherine» (título de la portada del «Vanity Fair») reapareció tras su fastuosa boda, delgadísima, revestida de negro y lentejuelas chez Prada y todos los anillos de diamantes de Garrard y Harry Winston que dos manos humanas pueden lucir.

«Es hora de volver al trabajo»,
anunció la señora Douglas, quien ha recobrado su silueta para coprotagonizar con Julia Roberts «American Sweethearts», una historia de actrices y envidia en la que Robert Downey Jr. iba a interpretar a su fogoso amante español. Este, detenido de nuevo por posesión de marihuana y anfetaminas durante el largo y deprimente puente del Día de Acción de Gracias, ha sido ya sustituido por Hank Azaria, recién divorciado de Helen Hunt.

Precisamente
Hunt, otra de las actrices del momento, con un aluvión de estrenos al caer en compañía de Richard Gere, Tom Hanks y Woody Allen, entre otros, y firme candidata al próximo Oscar, es objeto de algunos de los últimos rumores hollywoodenses. Tras su divorcio se ha dejado ver de la mano de Kevin Spacey, pero las lenguas más venenosas sugieren que se trata de «un romance tan blanco como su matrimonio con Azaria». Y añaden que los tres ocultan sus preferencias sexuales en armarios similares.

Al igual que
Hunt, Nicolas Cage no habla de su divorcio con Patricia Arquette. Tampoco del romance con Penélope Cruz que en Hollywood dan por hecho tras verlos cenar este mes en Nueva York, después de haber rodado juntos el pasado verano un drama romántico en la isla griega Cefalonia.

En la habitación 2112 del mismo Four Seasons, a Benjamin Bratt (sangre quechua mezclada con la de ancestros alemanes) se lo notaba harto de tener que repetir durante las entrevistas por «Miss Congeniality» (junto a Sandra Bullock) y «Traffic» que su relación con Julia Roberts anda más viento en popa que nunca. Mientras, la publicista de la actriz, a la que ya se anuncia como ganadora del próximo Oscar por su estupenda «Erin Brockovich», tuvo que desmentir un romance con Bruce Willis.

En un reciente número de la revista
«US Weekly», Willis se explaya sobre la marca de su ropa interior, el cuidadoso rapado de su cabeza, sus noches en Las Vegas con los amigos, lo mucho que sigue queriendo a Demi Moore y su ruptura con la española María Bravo.

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