2 de julio 2003 - 00:00

Ultimátum a un psicoanalista

John Katzenbach «El psicoanalista» (Barcelona, Ediciones B, 2003, 457 págs.)

A l psicoanalista Frederick «Ricky» Starks le llega una carta celebrando su onomástico: «Feliz 53° cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte», y agrega «usted arruinó mi vida, ahora estoy decidido a arruinar la suya». Quien le da el ultimátum, que firma con el nombre de un personaje de cuento infantil, le propone un juego de enigmas, en tanto no descubra quien es irá arruinando la vida de 52 personas, a la espera de que, para salvarlas, el piscoanalista se suicide. Cuando a una inocente preadolescente, sobrina del psicoanalista, le entregan pornografía y, luego, un paciente suyo es «suicidado», Starks comprende que la cosa va en serio y, hundido en una pesadilla kafkiana, busca salvar su vida. Pero su enemigo sabe todo sobre él, lo ha estudiado largamente y cuenta con poderosos recursos. Además de hacerlo acusar de haber abusado sexualmente de una paciente, toma el control de sus finanzas.

Muchas veces se ha relacionado la labor de los psicoanalistas con la de los investigadores policiales, «El psicoanalista» se basa en esa idea. Ricky, sobrenombre poco freudiano, trabaja con su memoria buscando hallar errores que cometió en el pasado y que lo llevaron a tener un paciente que busca vengarse de él en forma atroz, enloqueciendo al psicoanalista.

«El psicoanalista»
, novela de intriga que hubiera gustado a Alfred Hitchcock retoma, de forma actualizada y americana, la tradición británica del género, y hace que el lector a las pocas páginas se ponga junto al protagonista a tratar de descubrir al asesino, alguien cercano a los personajes de psiquiátrico del revalorizado escritor de policiales John Franklin Bardin («El percherón mortal»). Katzenbach, que escribió la novela en que se basó la película «En defensa del honor», suele mencionar como sus autores de cabecera a George Orwell, Joseph Conrad, Ambrose Bierce y Charles Dickens, y como sus pares a Thomas Harris («Hannibal»), Phil Caputo («Un rumor de guerra») y Tim O'Brien («Las cosas que llevaban»). De lectura atrapante, con un personaje central cuidado en sus menores detalles, «El psicoanalista» cae por momentos, en la necesidad de extender la historia, en situaciones inverosímiles que no impiden seguir en busca del desenlace. Si bien el paisaje de la historia es el de Nueva York, podría haber sido el de un Buenos Aires tan dado al psicoanálisis que cuenta, como parte de uno de sus barrios, una zona llamada «villa Freud». Acaso esto ha ayudado a que, la hasta ahora mejor novela de John Katzenbach, se convirtiera aquí en bestseller. Manuel Soler Herrera

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