El primero que se molestó fue Keith Richards, de los Rolling Stones, cuando en Buenos Aires uno de los noteros graciosos, en la conferencia de prensa, le preguntó una tontería sobre la Mona Jiménez. Con expresión gélida, Richards le respondió: «No hemos venido a hacer chistes, estamos trabajando y usted debería respetar el trabajo de sus colegas».
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Los colegas del gracioso sintieron entonces una enorme satisfacción. Algunos otros les tenían más paciencia, como Plácido Domingo, que toleró a otro pesado interrumpirle su único diálogo con la prensa en el Teatro Colón, de manera intempestiva y de mal gusto.
Travestizados de periodistas, los clowns empezaban a tener preeminencia por sobre el periodismo serio, inclusive en las ruedas de prensa y en las entrevistas individuales. Los políticos, siempre dispuestos a todo aunque después los vampirizaran, también buscaban con la mirada al bufón de turno para no perderse una salida en el programa. Los Figuretti ya no eran sólo el toque de color sino que se acreditaban, viajaban, se entremezclaban en cualquier espacio. Si se quiere, el «original», el Figuretti de Marcelo Tinelli, nunca pretendió ir más allá de la payasada inocente, pero desde «CQC» también se desplegó, en los últimos años del gobierno anterior, una desatada campaña de oposición alimentada por esos «golpes de puño digitales» en la cara de los entrevistados.
Su productora, Cuatro Cabezas, que decidió levantar el programa del aire desde este año, estuvo directamente vinculada con la campaña publicitaria de la Alianza. Tal vez el espacio del humor se haya acotado mucho ahora para sus bromas, tanto como el rating. O será que el modelo de preguntas se haya agotado, o ya no tenga la misma credibilidad.
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