13 de enero 2014 - 11:24
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El retrato realizado por Marcos López que ilustra la tapa de “Fundación Federico Jorge Klemm. Colección de arte moderno y contemporáneo”, pinta de cuerpo entero al personaje homenajeado.
De la noche a la mañana, en la ostentosa década del 90, Klemm demostró sus dotes histriónicas y, se transformó en una superestrella capaz de desafiar el zapping. Tenía un método infalible para dominar a la audiencia: en medio de sus interminables monólogos, que resonaban a James Joyce por aquello del "fluir de la conciencia", solía clavar sus ojos en los espectadores, imponía así una pausa de silencio cargada de dramatismo. "El arte es arte", dijo una vez. Luego se preguntó a sí mismo: "¿Y cuando el arte no es arte?". Entonces sobrevino el silencio, la mirada significativa y finalmente, después del suspenso, aclaró: "Cuando el arte no es arte uno se da cuenta".
La pasión de Klemm no se agotaba ante las cámaras. Cada colección esconde una historia personal y Klemm, que buscaba la fama igual que Warhol, como un tiburón hambriento, se paseaba por la calle Florida con su tapado de piel, sus joyas, su maquillaje y un galgo ruso.
El arte que produjo, sus pinturas y fotomontajes, giran alrededor del mito como tema, desde el principio de la historia de la humanidad hasta los de la más rabiosa actualidad. Así retrató desde a Sansón y Dalila hasta Amalia Fortabat, Susana Giménez, Aída Schneider, Mirtha Legrand o Jorge Romero Brest. Y él mismo aparece en el libro como un Cristo, en los brazos de su madre. Klemm "encarna la posmodernidad", sostiene el teórico italiano Achille Bonito Oliva, padre de esta tendencia, en el extenso texto que le dedicó a estas obras.
Klemm nació en Checoslovaquia y heredó de su padre, un poderoso industrial, la inmensa fortuna que le permitió comprar no sólo arte sino además, memorabilia. El vestido de Evita, los sillones que María Callas usaba en su departamento del edificio Dakota, el traje de fieltro de Joseph Beuys y el que lució Nureyev para bailar "El lago de los cisnes" junto a Margot Fonteyn, abren otro capítulo de su historia. Las piezas adquiridas en los remates de Buenos Aires, Londres y Nueva York se exhiben frente a la Plaza San Martín, en Marcelo T. de Alvear y Florida, en la Fundación que en el año 1992 comenzó siendo una galería.
El traje de piel de serpiente que usaba Nureyev en la disco neoyorquina Studio 54, el saco Mao, los pantalones cigarette, las botas y la cigarrera de plata, completaban un equipo que Klemm solía usar en Buenos Aires. El coleccionista decía que Nureyev era su ídolo y lo conoció por casualidad en Buenos Aires: "Subí al ascensor del hotel Plaza e inesperadamente advertí que había otro pasajero y que era Rudolph Nureyev. Yo lo admiraba tanto que me quedé mudo por la sorpresa. No atiné a decirle nada, pero al llegar al lobby recordé que ambos teníamos una amiga en común que vivía en París, se lo dije, me presenté y lo invité a salir y conocer Buenos Aires. Así nos conocimos", agregaba feliz como quien toca el cielo con las manos.
Antes de irse, Nureyev le regaló un chaleco de seda dieciochesco que Klemm solía lucir en las galas del Colón. Ese mismo chaleco se puso en una fiesta más bizarra, cuando sus invitados top (Mariano Grondona y Amalita Fortabat, entre otros famosos) padecieron ataques de pánico. No era para menos, de repente, unos pumas de aspecto feroz se acercaban con las fauces entreabiertas a la mesas de los invitados, dispuestos a compartir el menú y devorarse todo. Los más valientes se subieron arriba de una silla, los que temblaban de miedo, arriba de la mesa. Y cuando las fieras regresaron a la jaula, Amalia Fortabat desplegó toda su gracia y zapateó americano sobre la mesa. "Las fiestas de Federico son inolvidables", sostienen aún sus admiradores. Klemm solía cantar ópera. En la última fiesta cantó un aria de "Carmen" con un traje de torero esplendoroso y esforzando al máximo su voz, mientras controlaba de reojo y control remoto en mano, el volumen del audio.
Cuestiones como el gusto, la audacia, el afán por rodearse de cosas bellas, la pasión o los conocimientos, comienzan a definir una obra que como señaló Miguel Briante, "se plantea como una escenografía dentro de otra escenografía".



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