25 de abril 2000 - 00:00
"UN VUELO EN BUSCA DEL AMOR"
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Es cierto que al principio asusta un poco ver a un Kenneth Branagh influido en demasía por el método Actors Studio (el paso por Hollywood nunca es gratuito) tratando de volar con una máquina casera desde el techo de un banco, mientras su voz en off declara las razones de tal acto: siente que sus veleidades artísticas, su vida afectiva, su existencia misma transcurren al ras del piso, sería la síntesis. Pero es un sobresalto momentáneo.
Pronto hay una jueza que lo condena a 120 horas de servicio a la comunidad por ese disparate, y también rápidamente le ponen por delante a la verdadera estrella de la película: Helena Bonham Carter. Si en «El club de la pelea» (que se filmó después, pero acá se estrenó antes), la actriz ya dejó claro que su talento trascendía los dramas victorianos que la hicieron conocida, este personaje termina de corroborarlo. Se trata de una joven afectada por un terrible mal que le ha paralizado casi todo el cuerpo, la está dejando sin habla -lo que la obliga a comunicarse por medio de una máquina en ciertas ocasiones, y la matará en poco tiempo. Pero, su mente es brillante, como le avisan a Branagh antes de ponerla a su «cuidado».
Después de vencer resistencias mutuas, viene lo más interesante: como la enfermedad se le declaró antes de perder la virginidad, le pide a su atribulado enfermero que la ayude a enmendar ese «error», porque ella no está dispuesta a morir en esa condición. Lo que sigue es, además de imprevisible, lo que se podría llamar una guerra gozosa a los tabúes cinematográficos sobre discapacitados. Pocas veces el cine se atrevió a mostrar así la sexualidad de los así llamados (salvo, por ejemplo, en «Las memorias de Antonia»),
pero eso no es todo, ni mucho menos. Independientemente de la crítica al «sistema» que surge naturalmente de los hechos e, incluso, de que el todo es una regocijante lección de respeto por la vida, tal vez lo mejor que hace la película es evidenciar la importancia fundamental que en casos como éste adquiere la palabra.
El poder de síntesis, al que obliga su situación al personaje de Bonham Carter, se acerca bastante al lenguaje poético.




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