4 de septiembre 2003 - 00:00

Un yanqui en la corte (y quebrada) porteñas

Robert Duvall y Luciana Pedraza
Robert Duvall y Luciana Pedraza
«Assassination Tango» (id., EE.UU., 2002; habl. en inglés y esp.). Dir.: R. Duvall. Int.: R. Duvall, L. Pedraza, R. Blades, K. Baker y otros.

E n los años '40, la política norteamericana del buen vecino engendró películas como «Down Argentine Way», en las que el país debía ser mostrado como un lugar bello y romántico donde el amor se imponía por sobre todos los obstáculos. Ahora, aunque Carmen Miranda ya no cante «Mama yo quiero» ni Charlotte Greenwood «Sing To Your Señorita», la mirada no parece muy distinta, aunque de signo contrario: en lugar de los ganaderos generosos, los militares culpables; en lugar de los criadores de caballos, los terroristas complotados; en lugar de Carmen Miranda, Rubén Blades; en lugar de una inverosímil intriga amorosa, una inverosímil intriga política; en lugar de Don Ameche, Robert Duvall.

Veinte años después de sobrevolar Vietnam oliendo napalm y oyendo a Wagner, a Duvall lo sedujeron la música rioplatense y una hermosa mujer salteña. No hace falta más que verlo: el capitán Kilgore es un hombre feliz. Se diría que ahora, con igual entusiasmo, podría seguir bombardeando junglas al compás de «Compadreando» y «Tres esquinas» de D'Agostino y Vargas en lugar de «La cabalgata de las walkyrias». Sin embargo, como ocurre casi fatalmente, la felicidad no es tan buena consejera artística como la desdicha.

•Arrabal

«Assassination Tango» tiene la mejor música a la que puede aspirar un CD pero como película es desafortunada. Curioso, o casi inexplicable, en un hombre como él, que no hace mucho dirigió con admirable pasión un film desgarrador como «El apóstol». Pero, puesto a dar testimonio de su nueva piel de arrabal, y quizá por influencia de sus productores ( Coppola uno de ellos) y del estilo «Down Argentine Way» en negativo, su nuevo opus se complica con una insostenible historia sobre generales argentinos del Proceso y asesinos a sueldo y termina siendo una mezcla de «El día del chacal» con «La doctora quiere tangos».

¿Hay razones de mercado internacional que justifiquen este disfraz de film noir, mezcla de política con suspenso, con el que se intenta en vano revestir lo único que, de verdad, le interesa a su personaje y a su persona: sacarle viruta al piso y divertirse en los cabarutes?

En el film, antes de su transformación en cachafaz,
Duvall es John J. Anderson, viejo matón a sueldo de Brooklyn, fané y descangayado pero no solo: vive con una peluquera de barrio, cuya hija de diez años es la luz de sus ojos. Un día le cae un nuevo trabajito, viajar a la Argentina para matar a un general del Proceso, y con una complicada red de complot detrás: contactos americanos en Buenos Aires, los padres de un chico desaparecido, dos agentes sospechosos. También aparece Natalia Lobo como una prostituta que le dice «papito», vocablo irresistible para cualquier varón de Brooklyn.

La tarea, que debía ser cumplida en sólo dos días, se demora (el general tiene un accidente y tardará tres semanas en llegar a Buenos Aires): tiempo suficiente para que el
killer Anderson se deslumbre con el dos por cuatro, descubra el choripán, conozca a Manuela (su esposa Luciana Pedraza, que le da lecciones de baile), y se entretenga en las madrugadas de San Telmo con María Nieves y otros parroquianos, a quienes provoca mencionándoles repetidamente ese tango de despedida a los muchachos que acarrea mala suerte. Se nota que la pasaron muy bien durante el rodaje, y que todo el clima de improvisación, copas, bailes, tomo y obligo, está incorporado a la trama. Lo lastimoso, en cambio, es que haya trama. Esta trama.

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