“Hagas lo que hagas, está mal” (“Como ti muovi, sbagli”), de Gianni Di Gregorio, es una comedia italiana en la que todos pierden, salvo el espectador. Con ese espíritu, mezcla de fatalismo risueño y lucidez compasiva, la película elude con sabiduría meridional lo que, en tantas otras partes, se transformaría en un drama sobre “familia disfuncional”, el comodín de los guionistas de varios años a esta parte.
Una familia, un lobo, y el delicado equilibrio de lo humano
Fiel a su cine de gestos mínimos, “Hagas lo que hagas, está mal” confirma a Gianni Di Gregorio como un observador lúcido del desorden cotidiano.
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Gianni Di Gregorio, director y protagonista de "Hagas lo que hagas, está mal"
Su historia, amable, a veces hasta risueña, está construida sobre la certeza de que la vida familiar es un sistema de fuerzas mal calibrado: cualquier movimiento, incluso el más sensato, produce el efecto contrario. De allí el título, exactamente traducido al español (de forma literal sería “Te muevas como te muevas, te equivocas”). No hay villanos claros ni personajes retorcidos; hay, en cambio, una suma de buenas intenciones que llegan tarde, decisiones torpes y afectos administrados con torpeza.
El punto de partida es tan simple como eficaz. El protagonista (interpretado por el mismo director) es un profesor jubilado, viudo, que ha logrado convertir su vida en un delicado mecanismo de hábitos: lecturas, amistades estables, y una rutina que parece haberle ganado la pulseada al caos: está preparando una tesis sobre los longobardos, que sabe que jamás terminará; mientras tanto, aleja con cortesía los lances de una mujer divorciada que se desvive por él.
Ese orden. más defensivo que virtuoso, se ve abruptamente alterado cuando su hija Sofía regresa a la casa paterna tras una traición conyugal, acompañada por sus dos hijos, Olga y Tommaso. Con ellos entran el ruido, la vulneración de su espacio, los reproches no resueltos y esa forma particular del desorden que solo la familia cercana sabe producir.
A partir de allí, la película no se apura: observa. La convivencia forzada obliga al profesor a asumir un papel inesperado como cuidador de sus nietos, mediador involuntario y testigo incómodo de una hija que intenta recomponer su vida afectiva y laboral. El conflicto no avanza por grandes giros sino por acumulación: cada gesto bienintencionado abre una fisura nueva, cada intento de armonía deja al descubierto tensiones más profundas. El drama se construye con paciencia, sin subrayados, y con elementos cómicos, como la relación del profesor con un mucamo meticuloso que se exaspera con la llegada de la familia.
Uno de los grandes aciertos del film es la combinación de personajes interdependientes. Nadie existe en soledad: cada reacción provoca una réplica, cada silencio genera ruido en otro. El padre no es sólo la figura del orden amenazado, ni la hija la causa del conflicto; los nietos, lejos de ser accesorios narrativos, introducen preguntas molestas, miradas nuevas y una vitalidad que desarma cualquier intento de control.
El humor aparece como una corriente subterránea constante. A veces es seco; otras, roza lo absurdo, pero nunca rompe el clima general. Se ríe de las discusiones reiteradas, de los reproches circulares, de la obstinación humana por creer que esta vez sí va a salir bien. Es un humor que no busca el gag aislado sino la sonrisa del reconocimiento: el espectador se ríe porque, de una forma u otra, eso ya lo vivió.
En ese universo cotidiano, el bar romano de parroquianos funciona como una institución en sí misma. Más que un decorado, es un espacio de observación lateral, una suerte de coro contemporáneo donde la vida privada se vuelve relato compartido. Allí no se moraliza: se relativiza. La sabiduría que circula es práctica, imperfecta, nacida de la experiencia.
Cuando el relato parece asentarse definitivamente en el realismo doméstico, aparece uno de los hallazgos más audaces de la película: el lobo. Su presencia no es un capricho ni un simple golpe de efecto. Esa aparición está vinculada a otro de los grandes hallazgos del film: el marido alemán de Sofía, Helmut, desesperado porque ella lo perdone, se propone un sacrificio demencial, al estilo Werner Herzog: ir caminando desde Heidelberg a Roma, y allí, en el trayecto, en medio de las nieves, se le aparece un lobo que termina convirtiéndose en su mascota, y al que bautiza Stern.
Stern condensa varias capas de sentido: es amenaza externa, irrupción de lo imprevisible, pero también alter ego silencioso de los personajes. Y, ni qué hablar, también apuntala la comedia de manera desternillante: un marido arrepentido vuelve ante su mujer acompañado por un lobo. Nadie entiende nada. El lobo encarna aquello que no se dice, lo que se reprime para sostener una convivencia frágil, lo salvaje que el orden del protagonista había conseguido mantener a raya. No viene a romper un equilibrio: viene a revelar que ese equilibrio ya era ilusorio. Convierte el drama familiar en una fábula apenas oscurecida.
Los personajes son a veces caricaturescos, pero eluden el estereotipo gracias a una puesta en escena precisa y contenida. Cada uno parte de un rasgo reconocible —la rigidez, la fragilidad, la huida, la obstinación—, pero ninguno queda reducido a eso. El estilo del director los mantiene en un registro humano, creíble, sin exageraciones ni golpes bajos.
Ese estilo es inconfundible y lleva la firma de Di Gregorio. Su filmografía —que incluye títulos como la estupenda “Pranzo di Ferragosto”, “Gianni e le donne” y “Buoni a nulla”— ha construido una poética reconocible: relatos mínimos, personajes cotidianos, humor seco y una mirada compasiva sobre hombres que envejecen sin manual de instrucciones. Di Gregorio trabaja siempre desde la contención: confía en los tiempos muertos, en los gestos pequeños, en la elocuencia de lo no dicho. Su actuación sigue esa misma lógica: no impone el personaje, lo deja existir.
En definitiva, “Hagas lo que hagas, está mal” es una aceptación lúcida de la imperfección, de los vínculos que se tensan y se recomponen sin garantías. El amor duele, las familias fallan, y aun así persisten. Tal vez porque, como sugiere la película, siempre hay un lobo cerca, no para destruirlo todo, sino para recordarnos que lo humano empieza exactamente ahí, donde el orden ya no alcanza.
“Hagas lo que hagas, está mal” (“Come ti muovi, sbagli”, Italia, 2025). Dir.: Gianni Di Gregorio. Int.: Gianni Di Gregorio, Greta Scarano, Tom Wlaschiha.



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